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Los artistas estaban de duelo. Eso es cierto. Lo curioso radica en que la mayoría
de la gente que copaba las plateas baja y alta del Teatro Providencia eran simples
ciudadanos, sin relación con el teatro, la TV o el show.Algo influyó
para que Andrés Pérez y su trabajo artístico provocaran
esa gigantesca oleada de estupor y pena que todavía palpita, pese a que
su cuerpo ya fue sepultado en Villa Alemana.La admiración y el dolor
que desbordó la sala no se explica sólo por ser Andrés
el director de "La Negra Ester" ni por haber creado y realizado un
estilo teatral nuevo. La inteligencia y creatividad de sus obras son indesmentibles,
pero no bastan para explicar el masivo desborde emocional que se produjo en
el Teatro Providencia.
Lo que allí ocurrió excedió lo escénico.En realidad,
fue la despedida del pueblo anónimo a un artista del pueblo, al también
anónimo hijo de un herrero -un obrero, aunque haya vestido uniforme de
la Marina-. Un hombre nacido en Punta Arenas que vivió su adolescencia
en Tocopilla y que, con el tiempo, llegó a ser un artista de una sola
palabra, conocido y prestigiado.
Andrés Pérez encanta e impacta con sus obras, y logra una sintonía
fina con el público. Eso se debe, en parte, a su sólida intuición
artística, y a la certeza instintiva de pertenecer al sector más
pobre, marginal y desprotegido de la sociedad.
Lo que hizo en sus montajes fue identificarse con lo que conocía, con
lo que era. Cuando trabajó sobre el escenario textos ajenos ("La
Negra Ester", de Roberto Parra) o propios ("La Huida"), partía
por acoger el entorno que el autor proponía para sus personajes. Allí
siempre dejó un amplio espacio para el acontecer social, político
y humano.
Lo chileno y originario está presente desde sus comienzos de actor. En
su debut profesional interpretó al rebelde Lautaro, en la obra del mismo
nombre escrita por Isidora Aguirre. Años después, en los 90, retomó
las raíces latinoamericanas e indígenas como director del "Popol
Vuh".
Antes, mientras pagaba sus estudios universitarios con los recursos que ganaba
como bailarín del Bim Bam Bum, en 1982, en plena dictadura militar, optó
por el denunciante teatro callejero, pese a sufrir la constante represión
policial de aquellos tiempos.
El destino o la casualidad hizo que una de esas dinámicas actuaciones
fuera vista por la agregada cultural de la embajada de Francia. Con buen ojo,
advirtió en Pérez un talento que había que apoyar y le
consiguió una invitación por cuatro meses para que conociera la
realidad teatral gala. Pero ir a mirar lo que hacen otros le pareció
una oferta insuficiente al artista chileno, y pidió cambiarla por una
autorización para asistir a ensayos y estudiar los misterios de la escena
francesa en su terreno.
Ganó la partida. Así, fortuitamente, Andrés Pérez
llegó al Théatre du Soleil, de Arianne Mouchkine, en el cual permaneció
los siguientes seis años.
Esta etapa fue fundamental para el director chileno, porque en la actividad
de esta compañía francesa de vanguardia encontró respuestas
a numerosas inquietudes que tenía.
La fundamental fue concebir el teatro como un instrumento útil para conectarse
e intervenir en las discusiones político-sociales del acontecer diario,
en directa relación con la forma en que las personas viven en las ciudades.
Y la calle se le ratificaba como el espacio sin fronteras para intervenir con
decisión.
De regreso a Chile, nuevamente el azar puso en sus manos otro desafío:
la obra máxima de Roberto Parra, "La Negra Ester", que entraba
en la vida de Andrés Pérez ofreciéndole la posibilidad
de poner en práctica sus puntos de vista teatrales y ciertos sueños.
Todas las obras que Andrés Pérez llevó al escenario, más
allá de sus particularidades, tienen denominadores comunes, profundos
y recios. Hablan de mundos marginales, de pobreza y prostitución, territorios
endurecidos que, paradojalmente, son cruzados por la profunda humanidad de sus
personajes, lo que en parte dulcifica el entorno.
En esa humanidad destacan lo ingenuo de los personajes, sean borrachos, marinos,
mendigos, obreros, policías, hombres o mujeres, gente vieja o joven.
Todos son protagonistas de crónicas de la vida diaria. Una mayoría
con procedencia social a medio camino entre lo urbano y lo campesino.
A eso se agrega el recurso de una gestualidad que fue evolucionando, que no
es la del mimo y que se anticipa a la palabra, proyectando y reforzando el deseo
y la intención, exteriorizando el mundo interno del personaje.
Relevante en sus obras es el uso de espacios teatrales no convencionales como
la plaza del Cerro Santa Lucía, galpones, carpas, bodegas y otros lugares
al aire libre. Son ambientes que, además de prestarse para que fluya
el caudal escénico, garantizan una nueva relación entre el público
y la obra.
Andrés Pérez no recurre a estos mecanismos para exhibir técnicas
y destrezas, sino para ayudar a que la emoción actoral más pura
se manifieste con la mayor fuerza posible. Y, sobre todo, para que brille sobre
el escenario el pueblo real, entendido en su concepto más amplio: esa
masa de gente anónima que tiene en común costumbres, modos de
vida, luchas, esperanzas, traumas y virtudes; y que se relaciona entre sí
en medio de sistemas de poder y dominación social que a menudo colisionan.
A través de sus historias los personajes critican los abusos y las injusticias,
como sucede en su versión de "La Pérgola de las Flores",
de Isidora Aguirre. Un punto de atracción de esta obra es la lucha de
un grupo de mujeres por la defensa de sus lugares de trabajo.
En las obras que dirigió Andrés Pérez, el vino y la marginalidad
se asoman sin que la persona pierda su dignidad, más bien como sustrato
de la idiosincrasia chilena, melancólica y perdedora.
La mítica obra de Roberto Parra marcó, desde su fundación,
un nivel inalcanzable del Gran Circo Teatro. De carácter autobiográfico,
la prostituta del burdel "Luces del Puerto" encabeza una lista de
personajes de marcado perfil localista y chileno que, sin embargo, fueron comprendidos
y apreciados por el público extranjero.
El carácter universal de "La Negra Ester", a través
del montaje de Andrés Pérez, es el logro esencial de la obra de
Roberto Parra. Mientras éste puso la historia y un modo de relatarla
a la usanza oral, en décimas recitadas, Pérez la llevó
al teatro, le dio una estructura escénica y un desarrollo dramático.
Las obras de Pérez son generosas en elementos escénicos y se mueven
al compás del realismo y el naturalismo, materialidad pura que se complementa
con una visión mágica de la vida, trastocada, alocada, exuberante.
En este organizado caos que se llena de música, con momentos de timidez
y ternura, están las claves para que suban al escenario el ser humano
y toda la humanidad ![]()
L.P.I.