La segunda muerte de José Carrasco

El sacrificio de Luciano es como otra muerte de su padre, José Carrasco. El segundo hijo del periodista nunca se repuso de la terrible experiencia que vivió en la madrugada del 8 de septiembre de 1986, cuando a los 14 años una banda armada secuestró a su padre desde la tibieza del hogar del barrio Bellavista. Esa noche Luciano presenció cómo lo sacaron a medio vestir, sin dejarle atarse los zapatos. “No los va a necesitar”, espetó un sicario.

Luciano y su hermano Iván se volcaron jóvenes a una intensa actividad política, siguiendo el camino de Peppone. Sin embargo, Luciano jamás se repuso de lo vivido esa madrugada. La depresión fue en adelante compañía permanente. Su tragedia tiene que ver con la ausencia de justicia, aunque se conoce a los culpables con pelos y señas desde hace años. Si se hubiera hecho justicia, la familia habría recibido -además- una legítima reparación del Estado. Se habría podido financiar un tratamiento adecuado para la depresión crónica de Luciano.

EL periodista José Carrasco Tapia, asesinado por la CNI en 1986. La foto, con sus hijos Luciano (izq.) e Iván, fue tomada en la piscina Tupahue del Cerro San Cristóbal en enero de 1977.  

Aunque parezca que su decisión recae, impotente, en el dolor de las personas equivocadas (su madre, la periodista Olivia Mora, quien sacó adelante a la familia; su hija de 10 años; su hermano Iván, sus amigos...), su inmolación es un grito desesperado por la justicia que todavía no ofrecen los tribunales, 16 años después y... en democracia.
Luciano puso en el tapete una cuestión mucho más profunda: la sociedad y el Estado le deben a la juventud reventada por el asesinato y/o la desaparición de sus seres queridos la posibilidad de atención médica, rehabilitación psicológica y tratamiento adecuado. Desde luego, jamás nada reemplazará a los seres de su afecto perdidos para siempre. Además de privarlos de sus seres queridos, a estos jóvenes se les ha quitado el piso mismo de la vida. Es demasiada crueldad

ERNESTO CARMONA

ADIOS LUCIANO

Luciano, sé que palabras más o palabras menos no son nada en tu cuerpo destrozado por el Metro-Tren que pasó la noche del sábado cerca de La Victoria y de la población donde viviste algunos años. No puedo en mi condición de familiar de un ejecutado político, no levantar la voz y develar parte del mundo de las personas como tú, que en un amanecer de septiembre de 1986 vio abrir las puertas de su departamento y sacar a José Carrasco Tapia en pijamas y sin zapatos hacia la agonía final. Si él viviera, hubiera alimentado más tu alegría estructural, tu entusiasmo, tu carisma y tu sonrisa escondida. Esa ausencia, esa pena histórica de un hombre ejemplar te derrumbó para siempre, como me ha derrumbado a mí por siempre y solo vivo conectado a un marca paso vital de sueños utópicos que me dio la poesía y el misterio de la muerte.
LUCIANO Camilo Carrasco Mora: a los 31 años se quitó la vida víctima de una profunda depresión. Participó en la lucha social y política. Era encargado de propaganda de La Surda.  

No pudieron las largas sesiones con el Fasic, tu hija Luna, tu madre periodista, tu compañera, volver a poner en orden la estantería existencial. Tampoco pudieron tus sueños sociales y políticos. Esta es la gran contradicción en que se debate el mundo de los derechos humanos. No es sólo las Agrupaciones especiales que han levantado con nobleza e hidalguía la luz de la memoria. Es mucho más que eso. Son los miles de jóvenes sensibles cuya angustia a nadie le importa, que nunca fueron motivo de políticas de Estado y que irónicamente los hombres de la Concertación llamaron “los llorones de los derechos humanos”. Era evidente que esos políticos estaban por el dinero fácil, por coludirse con mafias de revisiones técnicas, de contratistas que les alimentaban su oculto pinochetismo de quererlo todo, ahora y ya.
No había en la construcción de las políticas públicas espacio para los familiares de ejecutados y torturados que vivieron intensamente la pasión del dolor y de la memoria. Eso “no hacía avanzar”, era “estar anclado en el pasado”.
Pero no entendieron que los jóvenes no estaban por gritar consignas contra el viejo tirano. Estaban por construir un modelo de vida distinto, radicalmente distinto. Esa energía de los jóvenes, entre ellos Luciano, estaba en avanzar en aquellas cosas que sus padres habían dejado inconclusas o en que habían fallado; no querían ser testimoniales, sino protagonistas, no querían ser contestatarios sino propositivos.
Esta raíz profunda, este quiebre misterioso entre un imaginario colectivo inmediatista, cuántico y mediocre y el sobrellevar el nombre y apellido de luchadores incansables, hace brotar en el espíritu y en la mente una confusa y dramática lucha existencial en los jóvenes víctimas invisibles de la represión.
Muchas veces nos preguntamos si somos ejemplo de nuestros hermanos e hijos muertos. ¿Cómo ser mejores que ellos? ¿Cómo vengar la memoria? ¿Cómo reproducir parte de sus prácticas?
Todo eso gatilló, no cabe duda, en la mente de Luciano como una pluma veloz.
En tu romería, en la trastienda de la hermosa iglesia Santa Gemita, deambuló gran parte de los retazos de jóvenes estudiantes aturdidos por la noticia. Caminé sin prisa por esos rincones y me senté en un boliche a conversar con antiguos compañeros de ideales, y a mirar sin respuesta esos ojos llorosos de jóvenes de La Surda que acompañaban a Luciano a su tumba.
Qué difícil resulta en una sociedad que lo niega todo, callar el soplo y el viento de la esperanza. Qué difícil es repletar de poemas el aire de un cuerpo destrozado. Escribo contra el tiempo, como si mañana me fuera a morir. Escribo sobre la sombra de la sombra. A veces las familias de las víctimas de la represión dejan de amar, de soñar, de vivir. Se vive en el simulacro de la normalidad, fingiendo un acondicionamiento mental que no se tiene. No hay normalidad en el alma de un hijo o de un hermano de un asesinado, porque cuando se hunde hasta el pozo mismo del centro de la noche, uno levanta la cabeza y ve un país consumido en la lepra del olvido. Sólo me queda tu recuerdo, Luciano, en el Paseo Ahumada tirando los últimos panfletos verdaderos junto a la Rosa Silva

JAIME ANSELMO SILVA


 

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