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Edición 551
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LA ESPERANZA EN OTRO CHILE
Víctor Barrueto, presidente del PPD:
“No habrá cuarto gobierno
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Balance autocrítico
Balance autocrítico de mi militancia revolucionaria
Detenidas desaparecidas
Detenidas desaparecidas que estaban embarazadas
Jorge Montealegre
El poeta del campo
de prisioneros
pasado nuestro
El pasado nuestro
de cada día

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SALVADOR ALLENDE

El hombre que sería presidente

Salvador Allende fue un ser político a cabalidad; un hombre que dio brillo al poder, que exigió poder para sí, que acentuó las expectativas concernientes al poder y que adquirió pericia en las destrezas del poder. Si la política no hubiera existido, solía decir, “habría sido el creador de la política”. Reconocía su irrefrenable deseo de poder con notable y, a veces, pasmosa franqueza. Para Allende, el reconocimiento de la ambición de poder era la obligación primaria y el rasgo más valioso de un político.
ALLENDE y su madre, Laura Gossens Uribe, fallecida en 1964. Ella tuvo gran presencia en la vida de Salvador Allende.  

“En él -decía Régis Debray- la voluntad de poder vibraba con más fuerza que las ideas”. La búsqueda de poder, entre otras fuerzas determinantes, influyó en su personalidad y estilo, en sus ideales y objetivos; y fue parte de una aspiración estrictamente humana vinculada con “la necesidad de ser hombre integral” y de conducir a otros a esa misma calidad de ser. La búsqueda del poder suele ser justificada por los individuos que experimentan esta urgencia de múltiples maneras. Para Allende, se asoció a la necesidad de cumplir a cabalidad con su designio humano y favorecer el cumplimiento del designio de otros. En este sentido, el anhelo persistente de búsqueda del poder individual no fue un fin en sí -ni se convirtió en la razón última de su vida- sino que se constituyó en un medio para favorecer el ingreso de otros -el pueblo- a un poder social desigualmente repartido, en Latinoamérica y Chile. Con ello pretendió favorecer el propio tránsito de las masas hacia la calidad de seres integrales, de manera que pudieran acceder a todos los bienes materiales y simbólicos disponibles en la sociedad.

La búsqueda del poder fue uno de los impulsos más definidos en la vida de Allende, en particular reconocible durante los años de madurez, entre 1952 y 1970, marcados por cuatro campañas senatoriales y cuatro presidenciales. Durante todo este período, Allende el personaje privado y Allende el médico se sintetizaron y cedieron paso al Allende político. Su vida, a lo largo de estos años, debe ser analizada, principalmente, en el contexto de su política y la construcción de su liderazgo, acentuando dos aspectos de su vida pública: el proceso de adaptación personal a campañas sucesivas, marcadas por el éxito, pero también por el fracaso; y el proceso de adaptación de sus opiniones y prácticas políticas a los cambios de la época, con miras a la consolidación de su preeminencia pública y a la construcción de su ascendiente sobre la Izquierda chilena.

La aspiración de Allende de superar a sus pares fue un impulso permanente a lo largo de toda su vida, tal como lo expresa su registro histórico como diputado, presidente del Colegio Médico, subsecretario general y secretario general del Partido Socialista de Chile, senador, vicepresidente y presidente del Senado.

ALLENDE a los cuatro años y medio. Con el traje de marinero que le compró la Mama Rosa.

Quienes lo conocieron concuerdan en que poseía una gran ambición, aunque la mayoría deja en claro que no se trataba de un mero oportunista, sino de un ser con principios y naturalmente destacado. Tampoco fue un ordinario aspirante al poder, considerados sus propósitos de corto y largo plazo. En este sentido, es dable sustentar que todos sus primeros cargos o posiciones de poder fueron sólo instrumentos para alcanzar su objetivo primordial, abiertamente reconocido: convertirse en presidente de la República. Sólo en esta posición podría llevar a cabo una obra trascendente: permitir a otros el acceso al poder.

Algunos amigos recuerdan que Allende especulaba con la idea de ser presidente desde su época de estudiante universitario; sus compañeros en la Escuela de Medicina opinaban igual. Es posible que comenzara a considerarlo seriamente cuando ingresó al Partido Socialista y advirtió que podía convertirse en un factor unificador de la Izquierda. La idea parece haber ganado fuerza cuando se desempeñó como secretario general del Partido, en 1943, mientras se elucubraba acerca de algunas remotas posibilidades de unificación entre los partidos Socialista y Comunista.

 

BESANDO a la Mama Rosa, que lo cuidó en su infancia en Viña del Mar. Ella le preparaba kuchen de manzanas y torta selva negra, postres favoritos de Allende.

El deseo de convertirse en presidente lo llevaba a burlarse de manera reiterada de sí mismo. En una ocasión, refiriéndose a su perpetuo deseo, aceptó: “hace treinta años que tengo el antojo de convertirme en presidente”. Definía su eterna postulación a la presidencia como un hobby no corriente; que implicaba “una responsabilidad, un anhelo, un sentido que hace que la palabra hobby no represente exactamente el pensamiento habitual con que se la emplea”. Incluso expresaba gráficamente su obsesión, diciendo que en su lápida tal vez se leería: “Aquí yace Salvador Allende (...) el futuro presidente de Chile”. Todas estas expresiones revelaban un anhelo íntimo que él consideraba su foco esencial, su prioridad en la vida; la que era también de un tipo especial: ser el primer presidente chileno de un gobierno popular revolucionario, democrático y nacional. Tenía una cierta conciencia de estar predestinado, como él decía, a ser “un gran presidente”, y actuaba conforme a ello.
Para lograr estos propósitos, Allende desarrolló un estilo común a todos los grandes políticos. Este estaba basado en un confeso deseo de poder, morigerado por sus valores cardinales: la lealtad y la consecuencia. Conforme al peso de estos rasgos sobre su quehacer, fue visto como un político tenaz y ambicioso, con un instintivo olfato. Era un hombre pragmático, notablemente intuitivo, un político ecléctico, personalmente opuesto a los dogmas y a los extremos, y que, por lo general, conseguía la mejor parte de cualquier trato. Con “un don para la maniobra y el compromiso” y una extraordinaria habilidad para convencer a sus adversarios, era envidiado por su “muñeca”, su especial talento para manipular, que a menudo sobreestimaba. En el último análisis Allende era, en todo el sentido de la palabra, un político a la antigua, acostumbrado a negociar, conciliar y, por último, a ganar, apoyándose en las debilidades de sus adversarios.
Estas habilidades, que practicó en plenitud, eran conocidas y valoradas. Sin embargo, algunos veían un lado negativo en su estilo. Sus oponentes en el Senado se quejaban de la frivolidad con que se ocupaba de la política. Sostenían que Allende tenía una tendencia a actuar en forma un tanto ambigua, con la esperanza, como diría Eduardo Frei, “de manipular y superar a todos”. Según ellos, era parte de la naturaleza de Allende la tendencia a asumir compromisos fácilmente, aunque luego estuviera siempre dispuesto a desconocerlos. Esta percepción pudo ser influida por el ya mencionado sentido del control omnipotente de Allende, por su habilidad para adaptarse a situaciones cambiantes y, por consiguiente, a modificar sus opiniones y decisiones, y por las características de su personalidad; elementos todos que lo hacían parecer superficial. El profundo pragmatismo de Allende también era percibido críticamente por sus enemigos políticos. Las representaciones públicas de Allende lo mostraban demasiado “propenso a las alianzas” y siempre dispuesto a nadar conforme a la corriente.
Su estilo pragmático y sus tácticas manipuladoras también le significaron algunas críticas dentro de su propio partido. Algunos socialistas lo consideraban demasiado oportunista y flexible, y solían cuestionarlo diciendo que no trepidaba en sacrificar principios políticos por ventajas personales. Esta opinión era sustentada, principalmente, por el ala más radicalizada del Partido Socialista, que adhería a una ortodoxia purista. Los miembros de esta fracción siempre habían resentido no sólo la posición más moderada de Allende dentro del partido sino también la supuesta naturaleza “personalista” de su liderazgo.

En cualquier caso, su estilo político poco rígido fue, a la larga, fuente de grandes ventajas para él y su partido, y su supuesta debilidad, una fuente de virtudes incomparables a la hora de hacer política. Entre ellas destacan su notable habilidad para moverse con soltura sin igual en el escenario político chileno y alcanzar reconocimiento y respeto en un medio difícil. Por otro lado, destaca su facilidad para las relaciones públicas -grandemente realzada por sus cualidades humanas y encanto social- la que fue usada con inteligencia para construir su liderazgo.

Clodomiro Almeyda estuvo dispuesto a aceptar que la significación política de Allende fue siempre equivalente, en todo momento, a la del secretario general del Partido Socialista; dada su habilidad para hacerse notar y atraer gente dentro y fuera del partido y para negociar incansablemente alianzas políticas con otras organizaciones.
A este respecto, y a pesar de las diferencias políticas, Allende tuvo siempre relaciones cercanas con los comunistas y con los radicales -a quienes vio como potenciales aliados desde su experiencia en el gobierno del Frente Popular de Aguirre Cerda- y durante largo tiempo fue amigo de algunos líderes democratacristianos, incluyendo a Eduardo Frei Montalva, Bernardo Leighton, Rafael Agustín Gumucio y Radomiro Tomic. También mantenía contacto con las alas progresistas de conservadores y liberales a través de su larga amistad con el doctor Eduardo Cruz-Coke y con Gregorio Amunátegui, un liberal que lo apoyó en su campaña de 1964. Su consciente autopromoción se vio además a diario reforzada en el Senado, en cuyo hemiciclo compartió con líderes políticos de diferentes convicciones, a quienes solía tratar con respeto, a pesar de sus diferencias.
No obstante todas sus cualidades políticas y su tenaz voluntad, la ascensión de Allende al gobierno -y su trascendencia- no fueron tarea fácil. Cada paso significó trabajo duro, renuncias y, a veces, un desafío a las probabilidades. La construcción de su liderazgo siguió el ritmo de sus campañas al Congreso y, más importante aún, de sus campañas presidenciales, en las cuales sería un candidato permanente, hasta su triunfo en 1970



Su trayectoria

Decidido marxista, masón y médico, Allende asumió la presidencia tras toda una vida dedicada a la política y al servicio público, iniciada aquélla en el año 1937 con su elección como representante socialista ante la Cámara de Diputados. Entre los años 1939 y 1942 fue ministro de Salubridad en el gobierno del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda. En 1943 alcanzó la Secretaría General del Partido Socialista (del cual había sido también fundador), y desde 1945 hasta 1970 actuó como senador en el Congreso chileno. En 1970, en su cuarto intento como candidato presidencial (había sido sucesivo aspirante en las elecciones previas de 1952, 1958 y 1964), se constituyó en el primer marxista en la historia en ser elegido democráticamente para servir la más alta dignidad pública; y, asimismo, en el primer líder nacional comprometido con un ambicioso y original modelo político: conducir la transición desde una sociedad capitalista al socialismo conforme a un plan democrático, pluralista y libertario. Chile, un pequeño y aislado país, se convirtió en el laboratorio para probar si una “revolución sin fusiles” era posible.
Pero la experiencia de Salvador Allende estuvo condenada desde antes de ser iniciada. Su mandato de casi mil días fue permanentemente perturbado por una inflación acelerada, por tensiones sociales en rápida y perversa escalada, por una aguda polarización y por una violencia política sin precedentes. A estos problemas se agregaron una despiadada oposición en el Congreso, cruciales divisiones entre socialistas y comunistas al interior de la Unidad Popular y los esfuerzos de los Estados Unidos por “desestabilizar” -en palabras del entonces encargado de Seguridad Nacional Henry Kissinger- el régimen de Allende. Este fue finalmente barrido por el torbellino político. El sueño del líder socialista se convirtió en pesadilla y la muerte emergió como la única opción honorable antes que la rendición a los militares y la traición al pueblo que lo había elegido presidente.
¿Quién era y cómo era Salvador Allende? El personaje no resulta fácil de asir desde una perspectiva histórica. Fue elusivo en vida tras sus máscaras y acciones invariablemente expuestas al juicio público; más esquivo tras su muerte, oscilante su persona histórica entre la apología trivial y la demonización acrítica. En sus memorias, el también malogrado general Carlos Prats, una vez su ministro del Interior, lo describe como uno de los más inteligentes y audaces mandatarios chilenos del siglo XX, aunque el menos comprendido; un juicio certero que reconoce las complejidades de la personalidad de Allende.
Guiado por fuertes impulsos éticos a la par que vitales, Allende, el Chicho (para aquellos que se hicieron cargo del apelativo de siempre que el líder socialista se dio a sí mismo cuando, de pequeño, en vez de Salvadorcito se autodenominó “Chichito”, creciendo luego el apodo con él) fue un enamorado de la vida; la cual solía disfrutar con un estilo burgués aderezado con rasgos hedonistas y marcada tendencia a la arrogancia. Sin embargo, su evidente autocomplacencia se vería siempre inhibida por las propias exigencias internas. Era un caballero a la vieja usanza, movido por estrictos ideales y valores decimonónicos, sin los cuales la vida que tanto amaba no merecía la pena ser vivida. Un severo código de honor y una permanente disposición para defenderlo, una cierta proclividad hacia el autosacrificio y la lucha, la dedicación a una vocación personal y la aceptación de retos en los que su valentía y capacidad de resistencia eran puestas a prueba sugieren que Salvador Allende estuvo marcado por un fuerte sentido de lo heroico y por una profunda ambición de pasar a la historia. Su existencia estaba llamada a ser una gesta épica movida por aspiraciones grandiosas: acarrear felicidad a los más pobres a través del disfrute de bienestar material y de dosis crecientes de libertad, dignidad, igualdad y ejercicio de una vida verdaderamente democrática. La política fue el medio a través del cual intentó cumplir sus objetivos.
En Allende, el político, la ambición y la voluntad de poder vibraron con más fuerza que las ideas. Ello no le impidió, sin embargo, encarnar dos mundos políticos ideológicamente contrastados: aquél de América Latina del antes y después de la revolución cubana; Allende mismo desgarrado entre su reformismo anterior a la campaña presidencial de 1952 y su creciente radicalización posterior.
Como político, Salvador Allende fue, parafraseando al historiador inglés Isaiah Berlin, un zorro que “sabe muchas cosas” y un erizo que sólo “sabe una”. En sus cambiantes tácticas de zorro, no fue probablemente ni mejor ni peor que otros grandes líderes de su generación, exhibiendo éxitos relevantes mas también una dosis justa de errores y malos cálculos. Fue en la gran cosa que sabía, la que predicó incansablemente y por la que luchó con tesón, donde demostró la sabiduría del erizo. Era la de que la elevación económica y social de las masas constituía el fundamento indispensable para una verdadera libertad y una genuina democracia, que sólo podían ser alcanzadas en Chile a través de una revolución gradual y democrática -su “vía chilena”- la cual, paradójicamente, nunca fue en realidad puesta a prueba durante su gobierno


El líder y su pueblo


Un pueblo unido, un pueblo consciente de su tarea histórica, es un pueblo invencible. Además, cuando tiene líderes consecuentes, cuando tiene hombres capaces de interpretar el pueblo, (puede) sentirse el pueblo hecho gobierno...
Salvador Allende
(“Allende habla con Debray”)


Una revisión somera del liderazgo político ejercido por Salvador Allende a lo largo de su vida concluye en la percepción de dos etapas o ciclos extendidos entre los años 1933-1951 y 1952-1973, respectivamente, ambos inspirados en y condicionados por la ideología socialista a la que adhirió justo en los orígenes históricos del PS. La primera etapa estuvo asociada a un liderazgo de sello reformista -inspirado en una moral social de sello masónico y tintes de filantropía- y la segunda, a uno de tipo revolucionario, aunque no consonante con las especificidades del liderazgo tradicional en este ámbito. La desviación estuvo en las estrategias -la vía pacífica (en oposición a la violencia revolucionaria como medio para alcanzar el poder)- más que en los fines revolucionarios sustentados por este liderazgo: el cambio estructural, la traslación del poder desde una clase minoritaria a una clase mayoritaria y la transición final hacia una sociedad socialista.
En la primera etapa (1933-1951), Allende forjó una doble preeminencia, como político socialista y como líder del Colegio Médico. Su liderazgo durante “el ciclo reformista” fue inspirado, en gran parte, por el modelo del abuelo decimonónico, Ramón Allende Padín. El futuro presidente asumió el papel de su abuelo como luchador social y reformador y su liderazgo político estuvo dirigido a la curación de un país casi irremediablemente enfermo. La realidad médico-social chilena reflejó sus metas y objetivos en esta etapa. Los hitos significativos del período muestran su ascenso dentro del partido: primero militante, luego secretario regional de Valparaíso, subsecretario general, secretario general y miembro de su Comité Central. Su rápido progreso y posicionamiento dentro del partido estuvieron acompañados por sus lucidas actividades en la esfera pública como diputado, ministro de Salubridad y Previsión Social, y senador, por un lado, y como presidente nacional del Colegio Médico, por otro. Durante este ciclo formativo luchó continuamente por mejorar la suerte de las masas -pobres, analfabetos y dolientes- mediante la producción de leyes relativas a las áreas de salud pública y medicina social. Sus pretensiones de liderazgo se apoyaron principalmente en sus habilidades técnicas, en su incansable dedicación a las tareas profesionales y gremiales del Colegio Médico, a sus actividades en el Congreso y en el Partido. A pesar del amplio reconocimiento de sus méritos profesionales y políticos, en esta primera época su atractivo como líder de masas careció de resonancia.
Allende se convirtió en un líder de masas entre 1952 y 1970 experimentando, a lo largo de este lapso, una paulatina radicalización. Esta derivó, por una parte, del propio proceso de su liderazgo reformista y de la constatación de los límites del mismo; por otra, estuvo asociada a los nuevos desarrollos revolucionarios de Latinoamérica y del Tercer Mundo, y a un proceso de contacto creciente y estrecho con las masas chilenas. En esta etapa desempeñó los papeles de senador y eterno candidato presidencial, hasta su triunfo, en 1970. Asimismo, su liderazgo acusó un importante cambio en algunos aspectos fundamentales. En primer lugar, se transformó en “liderazgo nacional”. Las campañas presidenciales, desde la primera en 1952, llevaron a Allende a viajar por todo el país, a lo largo y ancho del territorio, haciéndolo accesible a las masas y convirtiéndolo en un símbolo. En segundo lugar, su liderazgo trascendió las fronteras partidarias del PS convirtiendo a Allende en el líder indiscutido de la Izquierda -pese a su siempre insegura relación con el Partido Socialista- y también en el más ferviente abogado y rostro visible de la alianza entre comunistas y socialistas desde la creación del Frente de Acción Popular (Frap), en 1956. Finalmente, en el marco de los desarrollos antedichos, su liderazgo transitó de modo gradual de la reforma a la revolución.
¿Cuáles fueron las fuentes de la radicalización experimentada por Allende durante este lapso y que concluyeron en el cariz revolucionario que asumió su liderazgo al final de su vida?
La revolución cubana ejerció en él un impacto notable, así como, en menor medida, las otras luchas de liberación del Tercer Mundo, en especial la de Vietnam. Pareciera, sin embargo, que el exceso de atención prestada a la revolución cubana llevara a desplazar el análisis del pensamiento nativo que líderes eminentemente pragmáticos, como Allende, acuñaron a partir de la percepción directa de la realidad socioeconómica de Chile desde 1930 en adelante.

Cabe aventurar, en este ámbito, que si bien las revoluciones tercermundistas influyeron significativamente a Allende, no le dotaron en estricto rigor de ideas nuevas. Más bien permitieron la consolidación de algunas que él había ya desarrollado durante su experiencia política doméstica. Chile, el país más golpeado por los efectos de la Gran Depresión, fue también, y a partir de la experiencia del Frente Popular (paradigmática para Allende), uno de los primeros en atender a la condición de las masas, siguiendo diagnósticos precisos de la realidad.
NADANDO en Viña del Mar (a la derecha). El de la izquierda es su yerno cubano, Luis Fernández Oña, casado con Beatriz Allende.
Natación y equitación eran sus deportes favoritos.

Chile constituyó un particular estudio de caso, y un escenario de acción para la clase política progresista de los 30, 40 y 50, la que in toto fue radicalizándose en la medida en que los problemas no alcanzaron pronta solución. En el marco de lo anterior, cabe considerar que, antes de que la revolución cubana cristalizara, Allende -un pragmático por excelencia, al igual que otros líderes comunistas y socialistas- estaba firmemente convencido de que las masas latinoamericanas y del Tercer Mundo en general, transitaban hacia un “despertar convulsionado” que conduciría a un proceso de liberación política, social y económica, en contra de las fuerzas retrógradas del colonialismo y la opresión.

Allende seguía con atención el traumático proceso de descolonización desencadenado tras la Segunda Guerra Mundial pero también estuvo siempre atento -de la mano de su desarrollado “olfato político” y prolongada praxis pública y política- a las alternativas de la situación nacional. Resulta sugerente considerar que en sus discursos iniciales de la campaña de 1952 -en aquel saludo a la bandera electoral- estuvieran ya presentes con insistencia las ideas fuerza de la Izquierda en la década de los 60. En tales discursos, las ideas y los objetivos de un “movimiento de liberación nacional” y de una “segunda independencia” del país, encabezados ambos por el Frente del Pueblo, son recurrentes:

El Frente del Pueblo es un movimiento de liberación nacional, antiimperialista, antioligárquico, su meta no termina en septiembre. Estamos protagonizando una gesta emancipadora por el pan y la libertad, por el trabajo y la salud, por la reforma agraria y la industrialización del país, por la paz, la democracia y la independencia nacional.

Desde allí Allende cayó en la efervescencia de los años 60. Heroico e idealista, un soñador que se vio a sí mismo como un Robin Hood, como un hombre del destino, se sintió singularmente a gusto en la conflictiva y tempestuosa década.

ALLENDE hizo el servicio militar en el Regimiento Lanceros de Tacna, en 1925. Allí aprendió equitación.  

Ecléctico y permeable de manera natural, y eternamente joven, mostró una particular capacidad para “oír” a su tiempo y “sintonizarse con él” -lo que explica su duración en el escenario político de América Latina mientras otros de sus contemporáneos, como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre -líder del Apra- o Rómulo Betancourt -líder de la Alianza Democrática venezolana- eran desplazados del escenario político y caían en el descrédito.
Sus viajes a Cuba, Vietnam, la URSS y Corea, su papel en la consolidación de la Organización Latinoamericana de Solidaridad durante la segunda mitad de la década del 60 y su valiosa, aunque mayormente simbólica, ayuda a la guerrilla del Che, en 1968, dieron cuenta de esta radicalización, aunque ella coincidió con su actuación como presidente del Senado, el epítome del parlamentarismo en Chile. Allende mostraba, con lo anterior, su genuino doble compromiso con la tradición y la revolución, así como su conocido olfato político.

Se ha dicho que un importante estímulo en su postura final fue su hija favorita, Beatriz, una socialista decidida, miembro de la rama chilena del ELN. Ella lo habría impulsado a mirar con simpatía a los jóvenes revolucionarios. Jaime Suárez, ministro secretario general de gobierno del presidente Allende, recuerda que el día en que Allende fue nombrado candidato de la Unidad Popular, el 22 de enero de 1970, Beatriz dejó una carta en la mesa de noche de su padre. En ella le expresaba su gran escepticismo acerca de la vía chilena al socialismo y su creencia de que la construcción de una sociedad socialista en Chile sólo era posible mediante la lucha armada
EN el palacio de Cerro Castillo, con hijos de obreros invitados a pasar vacaciones en ese lugar.

. Salvador Allende y su hija Beatriz representaban a dos tipos de dirigentes latinoamericanos. Ella, a través de una revolución violenta, buscaba el cambio social de manera inmediata. El, por su parte, lo buscaba dentro del marco constitucional de la democracia burguesa ya existente. En la década del 60 había pocos de estos últimos y Allende, sin duda, era el más representativo.
Pero la radicalización del papel de Allende tuvo también otros orígenes. Por un lado, el plañir de las masas, su sensibilidad hacia el dolor de los oprimidos y su postura como defensor de los desprotegidos; y, por otro lado, la comprensión neta de su ascendiente como un particular tipo de relación de poder, en el que la interacción dinámica y situacional con las masas constituía la base del ejercicio de un efectivo liderazgo. Estos elementos informaron la transición de su rol, desde el reformador social y moral -enmarcado en el ejemplo de su abuelo Allende Padín- al rebelde moral y revolucionario, identificado con el sufrimiento de las masas. Como su abuelo, que renunció persistentemente a sus intereses personales en favor de la gente, animado por su filantropía, Allende se volcó en los demás llegando incluso al sacrificio, como lo demostró el 11 de septiembre de 1973. Pero, contrariamente a su antecesor, Eduardo Frei, cuya simpatía por las masas -como la de todos los filántropos del siglo XIX- no involucraba, necesariamente, una neta identificación con ellas, Allende se reflejó en ese pueblo oprimido desde su propio papel como defensor y paladín contra la injusticia y apuntó a su reivindicación inspirado en la ideología socialista.
Su postura se desarrolló, primero, a partir de la indignación moral que experimentó ante el abandono y miseria de las masas chilenas y del amor y la confianza que éstas fueron depositando crecientemente en él, en particular desde 1952 en adelante. Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista entre 1966 y 1980, decía que la cualidad dominante de Allende era tomarse a pecho la apremiante situación del pueblo. “Su corazón desbordaba de compasión”, recordaba el líder comunista Orlando Millas. Movido por su acusada sensibilidad, solía repetir que se sentía el genuino receptor de las esperanzas y deseos de la gente. En sus discursos, la alusión a las “esperanzas destrozadas” del pueblo es recurrente. Consideraba, en este contexto, que su deber, así como su “noble e histórica tarea”, era actuar como su incansable defensor y campeón. Allende siempre se sintió un intérprete del pueblo. Fue a través de su progresiva identificación con las esperanzas y sufrimientos de la gente que logró, gradualmente, evolucionar de un reformista moral, que buscaba curar y mejorar el mundo, a un revolucionario moral, comprometido con la transformación radical del mismo. En el proceso llevó a una síntesis feliz los dos rasgos más característicos de su personalidad: su idealismo y su pragmatismo, definiendo un ethos revolucionario singular. La revolución por la revolución, desde su perspectiva, carecía de significado. Esta era sólo un medio para mejorar las condiciones materiales y espirituales del ser humano y en Chile debía inicialmente manifestarse, en el contexto de la lucha de clases, en la transferencia del poder desde la clase dominante al proletariado; o, como lo planteó a Debray, “en el paso del poder de una clase minoritaria a una clase mayoritaria”. Al mismo tiempo, la revolución era una obra de hombres con fe en la humanidad.
El apego profundo de Allende hacia la gente corriente tuvo precedentes tempranos, como su amistad con el zapatero Demarchi; más tarde, vinieron sus años de estudiante en el barrio Recoleta, en Santiago, luego sus inicios como médico en los cerros de Valparaíso, y después, su vida de político popular muy cercano a la gente. A menudo decía que si el día tuviera cuarenta y ocho horas contaría con el tiempo extra para establecer contacto con las masas; así como le gustaba repetir que trabajar para el pueblo no era un trabajo, sino en verdad un agrado -una aseveración que, más allá de su validez retórica, reflejaba genuinamente el valor que Allende le atribuía al contacto directo con el pueblo-.
Cuando Régis Debray le preguntó cómo un hombre de la pequeña burguesía como él, “con todas esa amarras parlamentarias, masónicas, ideológicas y sociales”, se había convertido en el líder de un proceso cuyo objetivo era la revolución, él, sin vacilar, admitió el papel de las masas en la formación de su liderazgo revolucionario. Le aseguró que tras el compromiso intelectual que había asumido en su juventud, cuando abrazó la ideología socialista, había emergido el verdadero compromiso con el pueblo y la adopción de un rol distintivo como representante de sus aspiraciones de justicia social. En cuanto a sus orígenes burgueses -agregó- la gran mayoría de los líderes revolucionarios había surgido de la clase media y clase media baja. Porque si bien no habían sufrido personalmente los efectos de la explotación, “la (habían) comprendido (...) sentido, y se (habían) colocado al lado de los explotados contra los explotadores”. Este también había sido su caso. En suma, él era y se sentía como “un político criollo (...) caminando muy apegado al pueblo”.
La interacción con las masas influyó de manera ejemplar en el liderazgo de Allende desde su primera campaña por la presidencia. En 1952, al regresar a Santiago después de una gira por el sur, el candidato informaba a la prensa que regresaba complacido, porque su mensaje había encontrado eco, apoyo y despertado entusiasmo entre la gente. Los que hicieron la campaña con él -entre ellos el senador comunista Elías Lafertte- registraban al regreso que, con su lenguaje sencillo, Allende había alcanzado el corazón de las masas y que en todas partes se le había comprendido. Carlos Contreras Labarca, líder comunista, afimaba, de manera equivalente, que los trabajadores lo escuchaban con profunda devoción, “asimilando y comprendiendo cada una de sus palabras cuando (indicaba) las acciones y responsabilidades que corresponden al pueblo en la revolución creadora y constructiva que deberá transformar a Chile en lo político, económico y social”. Allende, a juicio de Contreras, alcanzaba más “brillo, claridad y emoción” cuando llevaba “a sus oyentes a reflexionar sobre el aspecto humano de los problemas que agobian a Chile”. Y es que para Allende, la política estuvo siempre nutrida de las emociones y preocupaciones de la gente y dirigida a la satisfacción de éstas en pro del bienestar humano.
Obreros, campesinos, dueñas de casa, mapuches, se congregaban en las ciudades del sur para escuchar a quien era presentado como el “único personero que ha levantado un programa democrático y nacional en el que se contemplan las más sentidas reivindicaciones del pueblo y de la masa trabajadora”. Durante la campaña, Allende se sentiría tocado, emocionalmente, por la confianza de la gente sencilla. Sería conmovido por la marcha de los obreros del carbón junto a sus mujeres y niños en Lebu, y por las concentraciones en los campos, a las que asistían campesinos y obreros que caminaban varias decenas de kilómetros para escucharlo.
“Uno de los momentos más emocionantes de las proclamaciones de Allende (había sido) aquel en que la gente humilde, los maestros, los trabajadores y especialmente los campesinos, (ponían) en manos del candidato los memoriales que contienen una enumeración de las necesidades más urgentes de las localidades, demostrando de este modo que depositan su confianza en el único candidato popular”.
Los logros de la campaña de 1952, respecto de su capacidad para alcanzar efectivamente a las masas fueron, como él mismo lo dijo a un periodista: “Mejor que lo que ustedes pueden imaginarse y mucho mejor que lo que yo mismo me imaginé antes de partir”. Si bien esa candidatura no tuvo posibilidades reales de alcanzar el triunfo, sí constituyó una “copiosa fuente de experiencias y enseñanzas”. A la vez, probó la calidad de una interacción entre el líder y sus seguidores signada por una relación asimétrica en la que aquél sería visto, por muchos, como un salvador; en tanto, él vería a las masas como una multitud de conciencias limpias que debían ser iluminadas y movilizadas como paso previo a su definitivo acceso al poder

DIANA VENEROS


La autora y su personaje

Personaje central en la conmemoración de los 30 años del golpe militar y del colapso de la democracia en Chile, es el entonces presidente de la República. No sólo lo es por su muerte en La Moneda y su obra como mandatario constitucional que impulsó profundos cambios sociales, sino porque ya se perfila con claridad su real estatura de líder popular, político y dirigente revolucionario.
Uno de los hombres clave de la historia del siglo XX en Chile, es también una personalidad relevante en la trayectoria de la Izquierda mundial. Paradojalmente, Allende sigue siendo un desconocido en aspectos de su vida que, sin duda, tuvieron importancia en su actuación pública.
Para levantar ese velo, la historiadora Diana Veneros Ruiz-Tagle ha escrito una documentada biografía -Allende-, de cerca de 450 páginas, que publicará en estos días Sudamericana.
Especialista en historia de género, la profesora Diana Veneros ha sido académica en varias universidades chilenas. Doctora en Historia Comparada por la Universidad Brandeis, de Estados Unidos, es decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Diego Portales.
Hace algunos años, se propuso estudiar a Allende como personaje histórico, fascinada por la complejidad de su tiempo y los laberintos de su personalidad. El resultado es una biografía que la autora prefiere llamar “estudio psicohistórico”. El enfoque elegido combina la biografía política con hipótesis e indagaciones sobre las motivaciones inconscientes que subyacen tras las actitudes y decisiones personales, por ejemplo, en el caso de Salvador Allende, en la relación con su padre y la sustitución de su figura durante un largo período por la de su abuelo, el médico, filántropo y Gran Maestro de la Masonería Ramón Allende Padín, que marcó profunda huella en el nieto.
Allende es una contribución significativa y novedosa al conocimiento de la vida y obra del líder popular. Provocará, sin duda, polémica como toda obra histórica enfocada desde la subjetividad, lo que aumenta su interés.
Entregamos fragmentos de Allende, de Diana Veneros, a los que, por razones de espacio, hemos eliminado las notas de pie de página.

 

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