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SALVADOR ALLENDE
El hombre que sería presidente
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Salvador Allende fue un
ser político a cabalidad; un hombre que dio brillo
al poder, que exigió poder para sí, que acentuó
las expectativas concernientes al poder y que adquirió
pericia en las destrezas del poder. Si la política
no hubiera existido, solía decir, “habría
sido el creador de la política”. Reconocía
su irrefrenable deseo de poder con notable y, a veces, pasmosa
franqueza. Para Allende, el reconocimiento de la ambición
de poder era la obligación primaria y el rasgo más
valioso de un político. |
| ALLENDE
y su madre, Laura Gossens Uribe, fallecida en 1964. Ella tuvo
gran presencia en la vida de Salvador Allende. |
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“En él -decía Régis Debray- la voluntad
de poder vibraba con más fuerza que las ideas”. La
búsqueda de poder, entre otras fuerzas determinantes, influyó
en su personalidad y estilo, en sus ideales y objetivos; y fue
parte de una aspiración estrictamente humana vinculada
con “la necesidad de ser hombre integral” y de conducir
a otros a esa misma calidad de ser. La búsqueda del poder
suele ser justificada por los individuos que experimentan esta
urgencia de múltiples maneras. Para Allende, se asoció
a la necesidad de cumplir a cabalidad con su designio humano y
favorecer el cumplimiento del designio de otros. En este sentido,
el anhelo persistente de búsqueda del poder individual
no fue un fin en sí -ni se convirtió en la razón
última de su vida- sino que se constituyó en un
medio para favorecer el ingreso de otros -el pueblo- a un poder
social desigualmente repartido, en Latinoamérica y Chile.
Con ello pretendió favorecer el propio tránsito
de las masas hacia la calidad de seres integrales, de manera que
pudieran acceder a todos los bienes materiales y simbólicos
disponibles en la sociedad.
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La búsqueda del poder fue uno de los impulsos
más definidos en la vida de Allende, en particular
reconocible durante los años de madurez, entre
1952 y 1970, marcados por cuatro campañas senatoriales
y cuatro presidenciales. Durante todo este período,
Allende el personaje privado y Allende el médico
se sintetizaron y cedieron paso al Allende político.
Su vida, a lo largo de estos años, debe ser analizada,
principalmente, en el contexto de su política y
la construcción de su liderazgo, acentuando dos
aspectos de su vida pública: el proceso de adaptación
personal a campañas sucesivas, marcadas por el
éxito, pero también por el fracaso; y el
proceso de adaptación de sus opiniones y prácticas
políticas a los cambios de la época, con
miras a la consolidación de su preeminencia pública
y a la construcción de su ascendiente sobre la
Izquierda chilena.
La aspiración de Allende de superar a sus pares
fue un impulso permanente a lo largo de toda su vida,
tal como lo expresa su registro histórico como
diputado, presidente del Colegio Médico, subsecretario
general y secretario general del Partido Socialista de
Chile, senador, vicepresidente y presidente del Senado.
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| ALLENDE
a los cuatro años y medio. Con el traje de marinero
que le compró la Mama Rosa. |
Quienes lo conocieron concuerdan en que poseía una gran
ambición, aunque la mayoría deja en claro que no
se trataba de un mero oportunista, sino de un ser con principios
y naturalmente destacado. Tampoco fue un ordinario aspirante al
poder, considerados sus propósitos de corto y largo plazo.
En este sentido, es dable sustentar que todos sus primeros cargos
o posiciones de poder fueron sólo instrumentos para alcanzar
su objetivo primordial, abiertamente reconocido: convertirse en
presidente de la República. Sólo en esta posición
podría llevar a cabo una obra trascendente: permitir a
otros el acceso al poder.
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Algunos amigos recuerdan que Allende especulaba con la
idea de ser presidente desde su época de estudiante
universitario; sus compañeros en la Escuela de
Medicina opinaban igual. Es posible que comenzara a considerarlo
seriamente cuando ingresó al Partido Socialista
y advirtió que podía convertirse en un factor
unificador de la Izquierda. La idea parece haber ganado
fuerza cuando se desempeñó como secretario
general del Partido, en 1943, mientras se elucubraba acerca
de algunas remotas posibilidades de unificación
entre los partidos Socialista y Comunista.
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| BESANDO
a la Mama Rosa, que lo cuidó en su infancia en Viña
del Mar. Ella le preparaba kuchen de manzanas y torta selva
negra, postres favoritos de Allende. |
El deseo de convertirse en presidente lo llevaba a burlarse
de manera reiterada de sí mismo. En una ocasión,
refiriéndose a su perpetuo deseo, aceptó: “hace
treinta años que tengo el antojo de convertirme en presidente”.
Definía su eterna postulación a la presidencia como
un hobby no corriente; que implicaba “una responsabilidad,
un anhelo, un sentido que hace que la palabra hobby no represente
exactamente el pensamiento habitual con que se la emplea”.
Incluso expresaba gráficamente su obsesión, diciendo
que en su lápida tal vez se leería: “Aquí
yace Salvador Allende (...) el futuro presidente de Chile”.
Todas estas expresiones revelaban un anhelo íntimo que
él consideraba su foco esencial, su prioridad en la vida;
la que era también de un tipo especial: ser el primer presidente
chileno de un gobierno popular revolucionario, democrático
y nacional. Tenía una cierta conciencia de estar predestinado,
como él decía, a ser “un gran presidente”,
y actuaba conforme a ello.
Para lograr estos propósitos, Allende desarrolló
un estilo común a todos los grandes políticos. Este
estaba basado en un confeso deseo de poder, morigerado por sus
valores cardinales: la lealtad y la consecuencia. Conforme al
peso de estos rasgos sobre su quehacer, fue visto como un político
tenaz y ambicioso, con un instintivo olfato. Era un hombre pragmático,
notablemente intuitivo, un político ecléctico, personalmente
opuesto a los dogmas y a los extremos, y que, por lo general,
conseguía la mejor parte de cualquier trato. Con “un
don para la maniobra y el compromiso” y una extraordinaria
habilidad para convencer a sus adversarios, era envidiado por
su “muñeca”, su especial talento para manipular,
que a menudo sobreestimaba. En el último análisis
Allende era, en todo el sentido de la palabra, un político
a la antigua, acostumbrado a negociar, conciliar y, por último,
a ganar, apoyándose en las debilidades de sus adversarios.
Estas habilidades, que practicó en plenitud, eran conocidas
y valoradas. Sin embargo, algunos veían un lado negativo
en su estilo. Sus oponentes en el Senado se quejaban de la frivolidad
con que se ocupaba de la política. Sostenían que
Allende tenía una tendencia a actuar en forma un tanto
ambigua, con la esperanza, como diría Eduardo Frei, “de
manipular y superar a todos”. Según ellos, era parte
de la naturaleza de Allende la tendencia a asumir compromisos
fácilmente, aunque luego estuviera siempre dispuesto a
desconocerlos. Esta percepción pudo ser influida por el
ya mencionado sentido del control omnipotente de Allende, por
su habilidad para adaptarse a situaciones cambiantes y, por consiguiente,
a modificar sus opiniones y decisiones, y por las características
de su personalidad; elementos todos que lo hacían parecer
superficial. El profundo pragmatismo de Allende también
era percibido críticamente por sus enemigos políticos.
Las representaciones públicas de Allende lo mostraban demasiado
“propenso a las alianzas” y siempre dispuesto a nadar
conforme a la corriente.
Su estilo pragmático y sus tácticas manipuladoras
también le significaron algunas críticas dentro
de su propio partido. Algunos socialistas lo consideraban demasiado
oportunista y flexible, y solían cuestionarlo diciendo
que no trepidaba en sacrificar principios políticos por
ventajas personales. Esta opinión era sustentada, principalmente,
por el ala más radicalizada del Partido Socialista, que
adhería a una ortodoxia purista. Los miembros de esta fracción
siempre habían resentido no sólo la posición
más moderada de Allende dentro del partido sino también
la supuesta naturaleza “personalista” de su liderazgo.
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En cualquier caso, su estilo político
poco rígido fue, a la larga, fuente de grandes ventajas
para él y su partido, y su supuesta debilidad, una
fuente de virtudes incomparables a la hora de hacer política.
Entre ellas destacan su notable habilidad para moverse con
soltura sin igual en el escenario político chileno
y alcanzar reconocimiento y respeto en un medio difícil.
Por otro lado, destaca su facilidad para las relaciones públicas
-grandemente realzada por sus cualidades humanas y encanto
social- la que fue usada con inteligencia para construir su
liderazgo. |
Clodomiro Almeyda estuvo dispuesto a aceptar que la significación
política de Allende fue siempre equivalente, en todo momento,
a la del secretario general del Partido Socialista; dada su habilidad
para hacerse notar y atraer gente dentro y fuera del partido y
para negociar incansablemente alianzas políticas con otras
organizaciones.
A este respecto, y a pesar de las diferencias políticas,
Allende tuvo siempre relaciones cercanas con los comunistas y
con los radicales -a quienes vio como potenciales aliados desde
su experiencia en el gobierno del Frente Popular de Aguirre Cerda-
y durante largo tiempo fue amigo de algunos líderes democratacristianos,
incluyendo a Eduardo Frei Montalva, Bernardo Leighton, Rafael
Agustín Gumucio y Radomiro Tomic. También mantenía
contacto con las alas progresistas de conservadores y liberales
a través de su larga amistad con el doctor Eduardo Cruz-Coke
y con Gregorio Amunátegui, un liberal que lo apoyó
en su campaña de 1964. Su consciente autopromoción
se vio además a diario reforzada en el Senado, en cuyo
hemiciclo compartió con líderes políticos
de diferentes convicciones, a quienes solía tratar con
respeto, a pesar de sus diferencias.
No obstante todas sus cualidades políticas y su tenaz voluntad,
la ascensión de Allende al gobierno -y su trascendencia-
no fueron tarea fácil. Cada paso significó trabajo
duro, renuncias y, a veces, un desafío a las probabilidades.
La construcción de su liderazgo siguió el ritmo
de sus campañas al Congreso y, más importante aún,
de sus campañas presidenciales, en las cuales sería
un candidato permanente, hasta su triunfo en 1970
Su trayectoria
Decidido marxista, masón y médico, Allende asumió
la presidencia tras toda una vida dedicada a la política
y al servicio público, iniciada aquélla en el año
1937 con su elección como representante socialista ante
la Cámara de Diputados. Entre los años 1939 y 1942
fue ministro de Salubridad en el gobierno del Frente Popular de
Pedro Aguirre Cerda. En 1943 alcanzó la Secretaría
General del Partido Socialista (del cual había sido también
fundador), y desde 1945 hasta 1970 actuó como senador en
el Congreso chileno. En 1970, en su cuarto intento como candidato
presidencial (había sido sucesivo aspirante en las elecciones
previas de 1952, 1958 y 1964), se constituyó en el primer
marxista en la historia en ser elegido democráticamente
para servir la más alta dignidad pública; y, asimismo,
en el primer líder nacional comprometido con un ambicioso
y original modelo político: conducir la transición
desde una sociedad capitalista al socialismo conforme a un plan
democrático, pluralista y libertario. Chile, un pequeño
y aislado país, se convirtió en el laboratorio para
probar si una “revolución sin fusiles” era
posible.
Pero la experiencia de Salvador Allende estuvo condenada desde
antes de ser iniciada. Su mandato de casi mil días fue
permanentemente perturbado por una inflación acelerada,
por tensiones sociales en rápida y perversa escalada, por
una aguda polarización y por una violencia política
sin precedentes. A estos problemas se agregaron una despiadada
oposición en el Congreso, cruciales divisiones entre socialistas
y comunistas al interior de la Unidad Popular y los esfuerzos
de los Estados Unidos por “desestabilizar” -en palabras
del entonces encargado de Seguridad Nacional Henry Kissinger-
el régimen de Allende. Este fue finalmente barrido por
el torbellino político. El sueño del líder
socialista se convirtió en pesadilla y la muerte emergió
como la única opción honorable antes que la rendición
a los militares y la traición al pueblo que lo había
elegido presidente.
¿Quién era y cómo era Salvador Allende? El
personaje no resulta fácil de asir desde una perspectiva
histórica. Fue elusivo en vida tras sus máscaras
y acciones invariablemente expuestas al juicio público;
más esquivo tras su muerte, oscilante su persona histórica
entre la apología trivial y la demonización acrítica.
En sus memorias, el también malogrado general Carlos Prats,
una vez su ministro del Interior, lo describe como uno de los
más inteligentes y audaces mandatarios chilenos del siglo
XX, aunque el menos comprendido; un juicio certero que reconoce
las complejidades de la personalidad de Allende.
Guiado por fuertes impulsos éticos a la par que vitales,
Allende, el Chicho (para aquellos que se hicieron cargo del apelativo
de siempre que el líder socialista se dio a sí mismo
cuando, de pequeño, en vez de Salvadorcito se autodenominó
“Chichito”, creciendo luego el apodo con él)
fue un enamorado de la vida; la cual solía disfrutar con
un estilo burgués aderezado con rasgos hedonistas y marcada
tendencia a la arrogancia. Sin embargo, su evidente autocomplacencia
se vería siempre inhibida por las propias exigencias internas.
Era un caballero a la vieja usanza, movido por estrictos ideales
y valores decimonónicos, sin los cuales la vida que tanto
amaba no merecía la pena ser vivida. Un severo código
de honor y una permanente disposición para defenderlo,
una cierta proclividad hacia el autosacrificio y la lucha, la
dedicación a una vocación personal y la aceptación
de retos en los que su valentía y capacidad de resistencia
eran puestas a prueba sugieren que Salvador Allende estuvo marcado
por un fuerte sentido de lo heroico y por una profunda ambición
de pasar a la historia. Su existencia estaba llamada a ser una
gesta épica movida por aspiraciones grandiosas: acarrear
felicidad a los más pobres a través del disfrute
de bienestar material y de dosis crecientes de libertad, dignidad,
igualdad y ejercicio de una vida verdaderamente democrática.
La política fue el medio a través del cual intentó
cumplir sus objetivos.
En Allende, el político, la ambición y la voluntad
de poder vibraron con más fuerza que las ideas. Ello no
le impidió, sin embargo, encarnar dos mundos políticos
ideológicamente contrastados: aquél de América
Latina del antes y después de la revolución cubana;
Allende mismo desgarrado entre su reformismo anterior a la campaña
presidencial de 1952 y su creciente radicalización posterior.
Como político, Salvador Allende fue, parafraseando al historiador
inglés Isaiah Berlin, un zorro que “sabe muchas cosas”
y un erizo que sólo “sabe una”. En sus cambiantes
tácticas de zorro, no fue probablemente ni mejor ni peor
que otros grandes líderes de su generación, exhibiendo
éxitos relevantes mas también una dosis justa de
errores y malos cálculos. Fue en la gran cosa que sabía,
la que predicó incansablemente y por la que luchó
con tesón, donde demostró la sabiduría del
erizo. Era la de que la elevación económica y social
de las masas constituía el fundamento indispensable para
una verdadera libertad y una genuina democracia, que sólo
podían ser alcanzadas en Chile a través de una revolución
gradual y democrática -su “vía chilena”-
la cual, paradójicamente, nunca fue en realidad puesta
a prueba durante su gobierno
El líder y su pueblo
Un pueblo unido, un pueblo consciente de su tarea histórica,
es un pueblo invencible. Además, cuando tiene líderes
consecuentes, cuando tiene hombres capaces de interpretar el pueblo,
(puede) sentirse el pueblo hecho gobierno...
Salvador Allende
(“Allende habla con Debray”)
Una revisión somera del liderazgo político ejercido
por Salvador Allende a lo largo de su vida concluye en la percepción
de dos etapas o ciclos extendidos entre los años 1933-1951
y 1952-1973, respectivamente, ambos inspirados en y condicionados
por la ideología socialista a la que adhirió justo
en los orígenes históricos del PS. La primera etapa
estuvo asociada a un liderazgo de sello reformista -inspirado
en una moral social de sello masónico y tintes de filantropía-
y la segunda, a uno de tipo revolucionario, aunque no consonante
con las especificidades del liderazgo tradicional en este ámbito.
La desviación estuvo en las estrategias -la vía
pacífica (en oposición a la violencia revolucionaria
como medio para alcanzar el poder)- más que en los fines
revolucionarios sustentados por este liderazgo: el cambio estructural,
la traslación del poder desde una clase minoritaria a una
clase mayoritaria y la transición final hacia una sociedad
socialista.
En la primera etapa (1933-1951), Allende forjó una doble
preeminencia, como político socialista y como líder
del Colegio Médico. Su liderazgo durante “el ciclo
reformista” fue inspirado, en gran parte, por el modelo
del abuelo decimonónico, Ramón Allende Padín.
El futuro presidente asumió el papel de su abuelo como
luchador social y reformador y su liderazgo político estuvo
dirigido a la curación de un país casi irremediablemente
enfermo. La realidad médico-social chilena reflejó
sus metas y objetivos en esta etapa. Los hitos significativos
del período muestran su ascenso dentro del partido: primero
militante, luego secretario regional de Valparaíso, subsecretario
general, secretario general y miembro de su Comité Central.
Su rápido progreso y posicionamiento dentro del partido
estuvieron acompañados por sus lucidas actividades en la
esfera pública como diputado, ministro de Salubridad y
Previsión Social, y senador, por un lado, y como presidente
nacional del Colegio Médico, por otro. Durante este ciclo
formativo luchó continuamente por mejorar la suerte de
las masas -pobres, analfabetos y dolientes- mediante la producción
de leyes relativas a las áreas de salud pública
y medicina social. Sus pretensiones de liderazgo se apoyaron principalmente
en sus habilidades técnicas, en su incansable dedicación
a las tareas profesionales y gremiales del Colegio Médico,
a sus actividades en el Congreso y en el Partido. A pesar del
amplio reconocimiento de sus méritos profesionales y políticos,
en esta primera época su atractivo como líder de
masas careció de resonancia.
Allende se convirtió en un líder de masas entre
1952 y 1970 experimentando, a lo largo de este lapso, una paulatina
radicalización. Esta derivó, por una parte, del
propio proceso de su liderazgo reformista y de la constatación
de los límites del mismo; por otra, estuvo asociada a los
nuevos desarrollos revolucionarios de Latinoamérica y del
Tercer Mundo, y a un proceso de contacto creciente y estrecho
con las masas chilenas. En esta etapa desempeñó
los papeles de senador y eterno candidato presidencial, hasta
su triunfo, en 1970. Asimismo, su liderazgo acusó un importante
cambio en algunos aspectos fundamentales. En primer lugar, se
transformó en “liderazgo nacional”. Las campañas
presidenciales, desde la primera en 1952, llevaron a Allende a
viajar por todo el país, a lo largo y ancho del territorio,
haciéndolo accesible a las masas y convirtiéndolo
en un símbolo. En segundo lugar, su liderazgo trascendió
las fronteras partidarias del PS convirtiendo a Allende en el
líder indiscutido de la Izquierda -pese a su siempre insegura
relación con el Partido Socialista- y también en
el más ferviente abogado y rostro visible de la alianza
entre comunistas y socialistas desde la creación del Frente
de Acción Popular (Frap), en 1956. Finalmente, en el marco
de los desarrollos antedichos, su liderazgo transitó de
modo gradual de la reforma a la revolución.
¿Cuáles fueron las fuentes de la radicalización
experimentada por Allende durante este lapso y que concluyeron
en el cariz revolucionario que asumió su liderazgo al final
de su vida?
La revolución cubana ejerció en él un impacto
notable, así como, en menor medida, las otras luchas de
liberación del Tercer Mundo, en especial la de Vietnam.
Pareciera, sin embargo, que el exceso de atención prestada
a la revolución cubana llevara a desplazar el análisis
del pensamiento nativo que líderes eminentemente pragmáticos,
como Allende, acuñaron a partir de la percepción
directa de la realidad socioeconómica de Chile desde 1930
en adelante.
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Cabe aventurar,
en este ámbito, que si bien las revoluciones tercermundistas
influyeron significativamente a Allende, no le dotaron en
estricto rigor de ideas nuevas. Más bien permitieron
la consolidación de algunas que él había
ya desarrollado durante su experiencia política doméstica.
Chile, el país más golpeado por los efectos
de la Gran Depresión, fue también, y a partir
de la experiencia del Frente Popular (paradigmática
para Allende), uno de los primeros en atender a la condición
de las masas, siguiendo diagnósticos precisos de
la realidad. |
NADANDO
en Viña del Mar (a la derecha). El de la izquierda
es su yerno cubano, Luis Fernández Oña, casado
con Beatriz Allende.
Natación y equitación eran sus deportes favoritos. |
Chile constituyó un particular estudio de caso, y un
escenario de acción para la clase política progresista
de los 30, 40 y 50, la que in toto fue radicalizándose
en la medida en que los problemas no alcanzaron pronta solución.
En el marco de lo anterior, cabe considerar que, antes de que
la revolución cubana cristalizara, Allende -un pragmático
por excelencia, al igual que otros líderes comunistas y
socialistas- estaba firmemente convencido de que las masas latinoamericanas
y del Tercer Mundo en general, transitaban hacia un “despertar
convulsionado” que conduciría a un proceso de liberación
política, social y económica, en contra de las fuerzas
retrógradas del colonialismo y la opresión.
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Allende seguía con atención el traumático
proceso de descolonización desencadenado tras la
Segunda Guerra Mundial pero también estuvo siempre
atento -de la mano de su desarrollado “olfato político”
y prolongada praxis pública y política-
a las alternativas de la situación nacional. Resulta
sugerente considerar que en sus discursos iniciales de
la campaña de 1952 -en aquel saludo a la bandera
electoral- estuvieran ya presentes con insistencia las
ideas fuerza de la Izquierda en la década de los
60. En tales discursos, las ideas y los objetivos de un
“movimiento de liberación nacional”
y de una “segunda independencia” del país,
encabezados ambos por el Frente del Pueblo, son recurrentes:
El Frente del Pueblo es un movimiento de liberación
nacional, antiimperialista, antioligárquico, su
meta no termina en septiembre. Estamos protagonizando
una gesta emancipadora por el pan y la libertad, por el
trabajo y la salud, por la reforma agraria y la industrialización
del país, por la paz, la democracia y la independencia
nacional.
Desde allí Allende cayó en la efervescencia
de los años 60. Heroico e idealista, un soñador
que se vio a sí mismo como un Robin Hood, como
un hombre del destino, se sintió singularmente
a gusto en la conflictiva y tempestuosa década.
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| ALLENDE
hizo el servicio militar en el Regimiento Lanceros de Tacna,
en 1925. Allí aprendió equitación. |
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Ecléctico y permeable de manera natural, y eternamente
joven, mostró una particular capacidad para “oír”
a su tiempo y “sintonizarse con él” -lo que
explica su duración en el escenario político de
América Latina mientras otros de sus contemporáneos,
como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre -líder
del Apra- o Rómulo Betancourt -líder de la Alianza
Democrática venezolana- eran desplazados del escenario
político y caían en el descrédito.
Sus viajes a Cuba, Vietnam, la URSS y Corea, su papel en la consolidación
de la Organización Latinoamericana de Solidaridad durante
la segunda mitad de la década del 60 y su valiosa, aunque
mayormente simbólica, ayuda a la guerrilla del Che, en
1968, dieron cuenta de esta radicalización, aunque ella
coincidió con su actuación como presidente del Senado,
el epítome del parlamentarismo en Chile. Allende mostraba,
con lo anterior, su genuino doble compromiso con la tradición
y la revolución, así como su conocido olfato político.
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Se ha dicho
que un importante estímulo en su postura final fue
su hija favorita, Beatriz, una socialista decidida, miembro
de la rama chilena del ELN. Ella lo habría impulsado
a mirar con simpatía a los jóvenes revolucionarios.
Jaime Suárez, ministro secretario general de gobierno
del presidente Allende, recuerda que el día en que
Allende fue nombrado candidato de la Unidad Popular, el
22 de enero de 1970, Beatriz dejó una carta en la
mesa de noche de su padre. En ella le expresaba su gran
escepticismo acerca de la vía chilena al socialismo
y su creencia de que la construcción de una sociedad
socialista en Chile sólo era posible mediante la
lucha armada |
| EN
el palacio de Cerro Castillo, con hijos de obreros invitados
a pasar vacaciones en ese lugar. |
. Salvador Allende y su hija Beatriz representaban a dos tipos
de dirigentes latinoamericanos. Ella, a través de una revolución
violenta, buscaba el cambio social de manera inmediata. El, por
su parte, lo buscaba dentro del marco constitucional de la democracia
burguesa ya existente. En la década del 60 había
pocos de estos últimos y Allende, sin duda, era el más
representativo.
Pero la radicalización del papel de Allende tuvo también
otros orígenes. Por un lado, el plañir de las masas,
su sensibilidad hacia el dolor de los oprimidos y su postura como
defensor de los desprotegidos; y, por otro lado, la comprensión
neta de su ascendiente como un particular tipo de relación
de poder, en el que la interacción dinámica y situacional
con las masas constituía la base del ejercicio de un efectivo
liderazgo. Estos elementos informaron la transición de
su rol, desde el reformador social y moral -enmarcado en el ejemplo
de su abuelo Allende Padín- al rebelde moral y revolucionario,
identificado con el sufrimiento de las masas. Como su abuelo,
que renunció persistentemente a sus intereses personales
en favor de la gente, animado por su filantropía, Allende
se volcó en los demás llegando incluso al sacrificio,
como lo demostró el 11 de septiembre de 1973. Pero, contrariamente
a su antecesor, Eduardo Frei, cuya simpatía por las masas
-como la de todos los filántropos del siglo XIX- no involucraba,
necesariamente, una neta identificación con ellas, Allende
se reflejó en ese pueblo oprimido desde su propio papel
como defensor y paladín contra la injusticia y apuntó
a su reivindicación inspirado en la ideología socialista.
Su postura se desarrolló, primero, a partir de la indignación
moral que experimentó ante el abandono y miseria de las
masas chilenas y del amor y la confianza que éstas fueron
depositando crecientemente en él, en particular desde 1952
en adelante. Luis Corvalán, secretario general del Partido
Comunista entre 1966 y 1980, decía que la cualidad dominante
de Allende era tomarse a pecho la apremiante situación
del pueblo. “Su corazón desbordaba de compasión”,
recordaba el líder comunista Orlando Millas. Movido por
su acusada sensibilidad, solía repetir que se sentía
el genuino receptor de las esperanzas y deseos de la gente. En
sus discursos, la alusión a las “esperanzas destrozadas”
del pueblo es recurrente. Consideraba, en este contexto, que su
deber, así como su “noble e histórica tarea”,
era actuar como su incansable defensor y campeón. Allende
siempre se sintió un intérprete del pueblo. Fue
a través de su progresiva identificación con las
esperanzas y sufrimientos de la gente que logró, gradualmente,
evolucionar de un reformista moral, que buscaba curar y mejorar
el mundo, a un revolucionario moral, comprometido con la transformación
radical del mismo. En el proceso llevó a una síntesis
feliz los dos rasgos más característicos de su personalidad:
su idealismo y su pragmatismo, definiendo un ethos revolucionario
singular. La revolución por la revolución, desde
su perspectiva, carecía de significado. Esta era sólo
un medio para mejorar las condiciones materiales y espirituales
del ser humano y en Chile debía inicialmente manifestarse,
en el contexto de la lucha de clases, en la transferencia del
poder desde la clase dominante al proletariado; o, como lo planteó
a Debray, “en el paso del poder de una clase minoritaria
a una clase mayoritaria”. Al mismo tiempo, la revolución
era una obra de hombres con fe en la humanidad.
El apego profundo de Allende hacia la gente corriente tuvo precedentes
tempranos, como su amistad con el zapatero Demarchi; más
tarde, vinieron sus años de estudiante en el barrio Recoleta,
en Santiago, luego sus inicios como médico en los cerros
de Valparaíso, y después, su vida de político
popular muy cercano a la gente. A menudo decía que si el
día tuviera cuarenta y ocho horas contaría con el
tiempo extra para establecer contacto con las masas; así
como le gustaba repetir que trabajar para el pueblo no era un
trabajo, sino en verdad un agrado -una aseveración que,
más allá de su validez retórica, reflejaba
genuinamente el valor que Allende le atribuía al contacto
directo con el pueblo-.
Cuando Régis Debray le preguntó cómo un hombre
de la pequeña burguesía como él, “con
todas esa amarras parlamentarias, masónicas, ideológicas
y sociales”, se había convertido en el líder
de un proceso cuyo objetivo era la revolución, él,
sin vacilar, admitió el papel de las masas en la formación
de su liderazgo revolucionario. Le aseguró que tras el
compromiso intelectual que había asumido en su juventud,
cuando abrazó la ideología socialista, había
emergido el verdadero compromiso con el pueblo y la adopción
de un rol distintivo como representante de sus aspiraciones de
justicia social. En cuanto a sus orígenes burgueses -agregó-
la gran mayoría de los líderes revolucionarios había
surgido de la clase media y clase media baja. Porque si bien no
habían sufrido personalmente los efectos de la explotación,
“la (habían) comprendido (...) sentido, y se (habían)
colocado al lado de los explotados contra los explotadores”.
Este también había sido su caso. En suma, él
era y se sentía como “un político criollo
(...) caminando muy apegado al pueblo”.
La interacción con las masas influyó de manera ejemplar
en el liderazgo de Allende desde su primera campaña por
la presidencia. En 1952, al regresar a Santiago después
de una gira por el sur, el candidato informaba a la prensa que
regresaba complacido, porque su mensaje había encontrado
eco, apoyo y despertado entusiasmo entre la gente. Los que hicieron
la campaña con él -entre ellos el senador comunista
Elías Lafertte- registraban al regreso que, con su lenguaje
sencillo, Allende había alcanzado el corazón de
las masas y que en todas partes se le había comprendido.
Carlos Contreras Labarca, líder comunista, afimaba, de
manera equivalente, que los trabajadores lo escuchaban con profunda
devoción, “asimilando y comprendiendo cada una de
sus palabras cuando (indicaba) las acciones y responsabilidades
que corresponden al pueblo en la revolución creadora y
constructiva que deberá transformar a Chile en lo político,
económico y social”. Allende, a juicio de Contreras,
alcanzaba más “brillo, claridad y emoción”
cuando llevaba “a sus oyentes a reflexionar sobre el aspecto
humano de los problemas que agobian a Chile”. Y es que para
Allende, la política estuvo siempre nutrida de las emociones
y preocupaciones de la gente y dirigida a la satisfacción
de éstas en pro del bienestar humano.
Obreros, campesinos, dueñas de casa, mapuches, se congregaban
en las ciudades del sur para escuchar a quien era presentado como
el “único personero que ha levantado un programa
democrático y nacional en el que se contemplan las más
sentidas reivindicaciones del pueblo y de la masa trabajadora”.
Durante la campaña, Allende se sentiría tocado,
emocionalmente, por la confianza de la gente sencilla. Sería
conmovido por la marcha de los obreros del carbón junto
a sus mujeres y niños en Lebu, y por las concentraciones
en los campos, a las que asistían campesinos y obreros
que caminaban varias decenas de kilómetros para escucharlo.
“Uno de los momentos más emocionantes de las proclamaciones
de Allende (había sido) aquel en que la gente humilde,
los maestros, los trabajadores y especialmente los campesinos,
(ponían) en manos del candidato los memoriales que contienen
una enumeración de las necesidades más urgentes
de las localidades, demostrando de este modo que depositan su
confianza en el único candidato popular”.
Los logros de la campaña de 1952, respecto de su capacidad
para alcanzar efectivamente a las masas fueron, como él
mismo lo dijo a un periodista: “Mejor que lo que ustedes
pueden imaginarse y mucho mejor que lo que yo mismo me imaginé
antes de partir”. Si bien esa candidatura no tuvo posibilidades
reales de alcanzar el triunfo, sí constituyó una
“copiosa fuente de experiencias y enseñanzas”.
A la vez, probó la calidad de una interacción entre
el líder y sus seguidores signada por una relación
asimétrica en la que aquél sería visto, por
muchos, como un salvador; en tanto, él vería a las
masas como una multitud de conciencias limpias que debían
ser iluminadas y movilizadas como paso previo a su definitivo
acceso al poder
DIANA VENEROS
La autora y su personaje
Personaje central en la conmemoración de los 30 años
del golpe militar y del colapso de la democracia en Chile, es
el entonces presidente de la República. No sólo
lo es por su muerte en La Moneda y su obra como mandatario constitucional
que impulsó profundos cambios sociales, sino porque ya
se perfila con claridad su real estatura de líder popular,
político y dirigente revolucionario.
Uno de los hombres clave de la historia del siglo XX en Chile,
es también una personalidad relevante en la trayectoria
de la Izquierda mundial. Paradojalmente, Allende sigue siendo
un desconocido en aspectos de su vida que, sin duda, tuvieron
importancia en su actuación pública.
Para levantar ese velo, la historiadora Diana Veneros Ruiz-Tagle
ha escrito una documentada biografía -Allende-, de cerca
de 450 páginas, que publicará en estos días
Sudamericana.
Especialista en historia de género, la profesora Diana
Veneros ha sido académica en varias universidades chilenas.
Doctora en Historia Comparada por la Universidad Brandeis, de
Estados Unidos, es decana de la Facultad de Humanidades de la
Universidad Diego Portales.
Hace algunos años, se propuso estudiar a Allende como personaje
histórico, fascinada por la complejidad de su tiempo y
los laberintos de su personalidad. El resultado es una biografía
que la autora prefiere llamar “estudio psicohistórico”.
El enfoque elegido combina la biografía política
con hipótesis e indagaciones sobre las motivaciones inconscientes
que subyacen tras las actitudes y decisiones personales, por ejemplo,
en el caso de Salvador Allende, en la relación con su padre
y la sustitución de su figura durante un largo período
por la de su abuelo, el médico, filántropo y Gran
Maestro de la Masonería Ramón Allende Padín,
que marcó profunda huella en el nieto.
Allende es una contribución significativa y novedosa al
conocimiento de la vida y obra del líder popular. Provocará,
sin duda, polémica como toda obra histórica enfocada
desde la subjetividad, lo que aumenta su interés.
Entregamos fragmentos de Allende, de Diana Veneros, a los que,
por razones de espacio, hemos eliminado las notas de pie de página.
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