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Balance autocrítico de mi
militancia revolucionaria
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El principal acierto político del MIR es haberse
fundado con el objetivo de “derrocar el sistema
capitalista y reemplazarlo por un gobierno de obreros
y campesinos, dirigido por los órganos del poder
proletario, cuya tarea será construir el socialismo
y extinguir gradualmente el Estado hasta llegar a la sociedad
sin clases”. Este gran objetivo se inserta en un
período histórico de ascenso de la lucha
revolucionaria y de avance del socialismo en la década
del 60.
El segundo gran acierto del MIR es haber definido en
sus primeros años, una estrategia de guerra popular
que permitiera al proletariado y al pueblo, a través
de un proceso prolongado, acumular la fuerza social, política
y militar para “derrocar al sistema capitalista
y reemplazarlo por un gobierno de obreros y campesinos”.
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JOVENES
militantes del MIR desfilando en el centro de Santiago en
los años 70. En el ángulo derecho, Sergio Pérez
Molina, detenido desparecido desde el 21 de septiembre de
1974. En primer plano: Milton Lee Guerrero, entonces dirigente
del FER, hoy dirigente del Partido Socialista. Al centro Carlos
Zarricueta Lagos, hoy profesor universitario. Detras de Milton
Lee se ve a Alfonso Chanfreau Oyarce, detenido desaparecido
desde el 30 de Julio de 1974.
Foto de Fernando Velo |
Para esto, definió con claridad las alianzas que la clase
obrera debería constituir con el propósito de conseguir
la mayoría social que este proyecto requería. Los
principales aliados de la clase obrera se definieron como los
pobres de la ciudad y el campo (pobladores, pequeños campesinos
de subsistencia, pequeña burguesía empobrecida,
pequeños comerciantes y artesanos) y sectores de la pequeña
burguesía profesional, estudiantil, funcionaria y de la
pequeña burguesía industrial y agraria.
El gran error histórico del MIR, sin embargo, es que si
bien logró constituirse como partido de vanguardia e iniciar
un proceso de acumulación de fuerzas en los sectores sociales
mencionados, en ninguno de los períodos en que le tocó
intervenir pudo dar coherencia táctica a su estrategia
de guerra popular.
En el período de ascenso de las luchas sociales y políticas
que culmina con el triunfo de la Unidad Popular, el MIR logra
conducir a sectores de la clase obrera y el pueblo, tanto en la
ciudad como en el campo, pero su proceso de crecimiento y su capacidad
de conducción no logra dar respuesta a los requerimientos
del período. Con el propósito de revertir la conducción
reformista, se vuelca hacia las masas (lo que es correcto en términos
generales); se generan los frentes intermedios (para alentar la
alianza de los revolucionarios por la base y potenciar la conducción
hacia sectores más amplios de la clase obrera y el pueblo).
Pero en este esfuerzo el partido se abre: sus militantes y dirigentes
pierden su clandestinidad (que no es sinónimo de ilegalidad,
pues era un período de amplias libertades democráticas).
Los frentes intermedios que tenían como propósito
ampliar la conducción de las masas, sólo logran
conducir a los sectores más avanzados y radicalizados del
movimiento de masas, perdiendo esa clandestinidad. Lo anterior
se agudiza porque un aspecto central de la intervención
táctica del MIR pasaba por el accionar directo de masas
(toma de fundos y fábricas, tomas de terrenos, toma de
cordones industriales y en algunos casos, de comunas) con el objetivo
de irradiar mayor conducción revolucionaria, pensando erróneamente
que con este esfuerzo se avanzaba en la constitución de
poder popular. Aparentemente, se consiguió dar un salto
en la acumulación de fuerzas, porque política e
ideológicamente aparecía el MIR irrumpiendo con
fuerza en la escena política, todo esto magnificado por
la prensa contrarrevolucionaria y golpista que buscaba dar la
impresión que el MIR sobrepasaba la conducción de
la UP. Con esta táctica, el MIR no logró conducir
ni tampoco ligarse a las amplias masas, sino sólo a sus
sectores más radicalizados. A su vez éstos se desligan
de las masas y muchos también pierden la clandestinidad:
Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), Movimiento Campesino
Revolucionario (MCR), Movimiento de Pobladores Revolucionarios
(MPR), Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), etc. Tampoco
se prepararon las condiciones para enfrentar la contrarrevolución
en curso: preparación del terreno suburbano y rural en
zonas aptas para la lucha guerrillera permanente y semipermanente,
acciones que permitieran anticipadamente dividir o al menos fracturar
a las FF.AA. (a pesar que existía un relativo buen trabajo
político a su interior), etc. La mayoría de los
militantes y dirigentes del MIR, al perder la clandestinidad y
al estar ligados a los sectores de masas más radicalizados,
no estaban en condiciones de generar los resguardos necesarios
para enfrentar con éxito la contrarrevolución en
curso.
Al momento del golpe, la mayoría de los militantes y dirigentes
locales y regionales no logran replegarse y organizar la resistencia
en sus propias comunas y regiones. Quedó al descubierto
que el poder popular no era más que una idea en nuestras
cabezas y no una realidad que pudiera organizar la resistencia
y ni siquiera proteger a la militancia revolucionaria. En ese
momento empieza a gestarse el aislamiento de un porcentaje elevado
de los militantes de sus frentes de masas. Al perder la clandestinidad,
después del golpe el grueso de los militantes y dirigentes
pasaron a ser ilegales y buscados por los servicios de inteligencia.
Eran ilegales sin fuerza organizada de masas que pudieran protegerlos
en sus propias localidades y regiones.
No consciente de esta situación, el MIR -como parte de
su táctica para el nuevo período- levanta la política
de no asilarse. ¿Qué sucede en la práctica?
A partir del golpe no hay capacidad de respuesta, la represión
se inicia sobre la Izquierda y el MIR. En los primeros meses han
sido apresados o fusilados un número importante de dirigentes
y militantes. Al no poder resistir y ni siquiera mantenerse en
sus propias regiones, se inicia un “repliegue” de
dirigentes locales, regionales y nacionales de provincia hacia
Santiago, que se suman a los ilegales de la capital que en buena
parte también habían sido obligados a abandonar
sus localidades. Muy pocos lograron rehacer un apoyo de masas.
El movimiento de masas empieza a replegarse. Nos equivocamos al
pensar que se iniciaba un proceso de resistencia, que íbamos
a ser capaces de revertir la conducción dejada por el reformismo,
y todo esto a pesar que no teníamos incidencia en procesos
reales de resistencia.
Señalábamos que sería posible formar un amplio
movimiento de resistencia y unir a toda la Izquierda, al menos
por la base; que la derrota no era de los revolucionarios sino
del proyecto reformista. El deseo primaba sobre una realidad distinta.
Nuevamente no había coherencia táctica con la estrategia
de guerra popular, que para que tenga éxito es fundamental
que se desarrolle desde las masas y con las masas.
En los años 74 y 75 más que desarrollar la resistencia
(imposible por las condiciones en que nos encontrábamos),
lo que el MIR hace es tratar de proteger artificialmente a sus
dirigentes, cuadros y militantes de la ofensiva de la Dina, Sifa
y otros servicios de inteligencia, cuyo objetivo era desarticular
y aniquilar al MIR. Esta “protección” artificial
se realiza con medidas fundamentalmente conspirativas (documentación
falsa, arriendo de casas con fachadas falsas, etc.), pero con
muy poco apoyo de masas. Si hubiese existido un mínimo
poder popular antes del golpe, la conspiración se habría
realizado con las masas, no fuera de ellas. En lo personal, creo
que fui un buen conspirador. Siempre lo hice apoyado en pequeños
grupos de resistencia organizados. En gran medida esto fue decisivo
para que pudiera permanecer en Chile prácticamente todo
el período de la dictadura.
La Dina y otros servicios de inteligencia cercaron al MIR y lograron
cumplir gran parte de su objetivo. Pero hay que reiterar: lo pudieron
hacer porque nuestros propios errores táctico-estratégicos,
anteriores y posteriores al golpe, lo permitieron. El MIR desde
su nacimiento tenía conciencia que para desarrollar una
estrategia de poder de la clase obrera y el pueblo, debería
enfrentar la política de contrainsurgencia de las clases
dominantes.
Después de la muerte en combate de Miguel Enríquez,
producto de las derrotas anteriores, se definió que la
estrategia de guerra popular tendría tres fases: defensiva
estratégica, equilibrio estratégico y ofensiva estratégica.
En ese momento estábamos en la fase defensiva estratégica
y dentro de ella, en una etapa inferior de reconstrucción
del partido en los frentes de masas y de desarrollo menor de formas
de resistencia, fundamentalmente propaganda y organización.
Esta etapa se desarrolló bajo el cerco de los servicios
de inteligencia, con una carga de militantes y dirigentes que
en alto porcentaje eran conocidos, lo que obligó a seguir
aplicando formas artificiales de conspiración, paralelamente
a la organización de nuevos núcleos de resistencia
y bases del partido. Fue un proceso lento, que empieza principalmente
en Santiago. Posteriormente irá extendiéndose a
Valparaíso, Concepción y otras ciudades. En los
años 78-79, había poco más de un centenar
de militantes organizados en el país. Alrededor de esta
militancia se organizaban comités de resistencia clandestinos,
con los cuales se realizan las primeras acciones de propaganda,
de milicias y de organización social (participación
en algunos sindicatos, organizaciones de estudiantes, pobladores,
etc.). A fines del 77 y principios del 78 se realizan las primeras
acciones de propaganda armada, efectuadas por grupos operativos
del MIR. Se estaba en esta tarea de reconstrucción, cuando
se inicia un proceso de reactivación del movimiento de
masas.
El MIR define entonces el Plan del 78, con el cuál estuve
de acuerdo. Ese plan tenía dos objetivos básicos:
reforzar el proceso de reconstrucción del partido con cuadros
y militantes que regresaran del exterior para fortalecer el proceso
de resistencia que mostraba mayores signos de reactivación;
simultáneamente se buscaba preparar las condiciones para
el desarrollo de los frentes guerrilleros y el fortalecimiento
de los grupos operativos urbanos y suburbanos, a fin de extender
las acciones de resistencia armada.
Sin embargo, a partir del 79-80, cometimos el mismo error que
en el período de la UP y en los años 74-75. En nuestro
afán por intervenir (en general correcto cuando hay condiciones
mínimas de construcción de partido y, sobre todo,
de ligazón natural con el movimiento de masas que se está
reactivando), por tratar de revertir rápidamente la correlación
de fuerzas, se compulsionó nuevamente al partido en todos
los planos, sobre todo en la intervención armada y en el
proceso de constitución de fuerza guerrillera. Nuevamente,
no hubo concordancia entre la táctica y la estrategia de
la guerra popular. Pero lo peor es que se hizo habiendo definido
las tres fases de desarrollo de esa estrategia y dentro de la
primera, en una etapa de reconstrucción de fuerzas que
a esas alturas, si bien permitía (por lo reconstruido y
porque se iniciaba la reactivación de las masas) acelerar
un poco, debería haberse hecho de una forma más
natural, con el movimiento que se organizaba en resistencia y
con el proceso de reconstrucción del partido.
La expresión más clara de este voluntarismo es el
inicio del ingreso al país y la subida inmediata de los
compañeros a la zona montañosa de Neltume, sin que
el partido tuviera un desarrollo mínimo en la zona y sin
una logística y redes mínimas que permitieran su
abastecimiento y apoyo. Esta situación obligó a
desarrollar apoyos y redes artificiales, con un alto porcentaje
de compañeros ilegales y muy poca resistencia legal organizada
en la zona. La sobrevaloración de las condiciones objetivas
(la reanimación del movimiento de masas), el no tener en
cuenta las condiciones reales de construcción del partido
y de la resistencia, y el menosprecio por la capacidad de reacción
de la contrainsurgencia, nos llevó a impulsar ese proyecto
antes de tiempo.
Paralelo a lo anterior, toman más fuerza al interior del
MIR y de su dirección los sectores que no estaban por una
salida democrática, popular y revolucionaria para derrocar
a la dictadura. Esto hace perder aún más coherencia
al accionar táctico. Ese sector del partido empieza a desarrollar
su política en función de una salida subordinada
a la estrategia de lo que posteriormente sería la Alianza
Democrática. Varios de esos dirigentes y militantes impulsaron
(desde el exterior por supuesto) la constitución de los
frentes guerrilleros, haciendo caso omiso de la situación
del partido y la resistencia en Chile. Esto demuestra, como en
otras tantas experiencias históricas, que ser radical y
militarista en el discurso no es sinónimo de consecuencia
popular y revolucionaria.
Si bien el MIR entre los años 79-83 logra tener presencia
política, social y armada de relativa importancia, no logra
dar continuidad táctico-estratégica a su intervención.
Nuevamente no es capaz de darle coherencia táctica a su
estrategia de guerra popular. Nuevos golpes represivos agudizan
las contradicciones al interior del partido y tres derrotas táctico-estratégicas
(73, 74-75, 80-83), generan condiciones para su división.
Prácticamente dividido, su participación política
y armada es marginal en el proceso de las protestas nacionales
de los años siguientes. A partir del año 85, el
MIR no fue capaz de superar su crisis y terminó dividiéndose.
Lo anterior se vio favorecido por el derrumbe del campo socialista.
La nueva situación obliga a replantearse la institucionalidad
de los proyectos proletarios, para asegurar que quien detente
el poder sea la clase obrera y sus aliados, que exista posibilidad
de alternancia en el poder de distintos proyectos proletarios
y sistemas de fiscalización efectivos de los funcionarios
del Estado, etc. También obliga a replantearse cómo
se organizan las vanguardias, porque el centralismo democrático
-tal como se ha implementado- no ha sido un instrumento efectivo
y democrático de discusión interna. A la vez obliga
a replantearse la relación de los partidos con el Estado
una vez que se conquista el poder: la práctica del socialismo
real demostró que esto fue caldo de cultivo para la burocracia
y el stalinismo, e incluso, para la generación de procesos
contrarrevolucionarios
HERNAN AGUILO MARTINEZ (*)
(*) El autor fue dirigente nacional del MIR y desempeñó
la secretaría general de ese partido en la clandestinidad,
subrogando a Andrés Pascal Allende.
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