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Edición 551
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Balance autocrítico de mi militancia revolucionaria
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Detenidas desaparecidas que estaban embarazadas
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El poeta del campo
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pasado nuestro
El pasado nuestro
de cada día

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pasado nuestro
de cada día

La mayoría de los chilenos prefieren soñar con un futuro bien distinto a su realidad actual. Quieren olvidar el pasado y la terrible sombra de la dictadura. Sin embargo, el pasado es una odiosa y humillante realidad instalada en nuestras vidas. No se trata sólo de la impunidad de asesinos y torturadores que se pasean libres y desafiantes. Ni siquiera del bucólico retiro de Pinochet que se ha incorporado en vida al mausoleo de los Trujillo, los Somoza y los Duvalier, los abominables engendros de la historia latinoamericana. Gordinflón y rozagante, burlón y cazurro aunque formalmente declarado demente para evitarle cualquier molestia judicial, Pinochet disfruta sus riquezas mal habidas bajo protección del ejército y con jubilación de ex presidente de la República. El pasado, sin embargo, es mucho más que Pinochet y su pandilla de cuatreros del presupuesto nacional y de asesinos de prisioneros indefensos. El pasado está presente en la Constitución -y por tanto en la institucionalidad y en las leyes del país-. Está vivo en el modelo económico y en sus consecuencias que producen enorme injusticia social y la exclusión de millones de chilenos, condenados a ser los parias del sistema, los desempleados permanentes de una brillante macroeconomía.
La Constitución de 1980 y el modelo económico fueron implantados mediante el terrorismo de Estado. El pueblo nunca fue consultado, ni entonces ni después. Ambos instrumentos de coerción política, social y cultural carecen de toda legitimidad. Son una imposición que viola los derechos y garantías de todos los ciudadanos. No obstante, han pasado catorce años de “democracia” y esas normas continúan rigiendo nuestras vidas y asfixiando la soberanía popular. Así el pasado se proyecta sobre lo cotidiano y sigue regulando el presente. Se ha hecho carne de nuestro comportamiento social, se ha apoderado de nuestra forma de pensar y actuar, transmutando nuestros valores y herencia cultural. La vigencia del autoritarismo, la impunidad del poder militar y económico, y la destrucción de la solidaridad social, nos han despojado de mecanismos de defensa que fueron muy valiosos para nuestro pueblo. Un enorme daño ha sufrido por ejemplo la voluntad de constante perfeccionamiento del sistema democrático que caracterizaba a Chile y que alcanzó su cima más alta con el gobierno del presidente Salvador Allende. Por eso en el Chile de hoy la adhesión a la democracia se ha debilitado a un grado alarmante(*). Esto explica que los dos partidos de derecha, que proporcionaron base de apoyo político y social a la dictadura, se estén preparando -con grandes posibilidades de conseguirlo- para apoderarse del gobierno el 2005, esta vez con manto de legitimidad democrática. Hace tres años ya estuvieron a punto de lograrlo. Ricardo Lagos tuvo que sudar promesas y despilfarrar en propaganda para aventajar por leve diferencia a Joaquín Lavín, el candidato de la extrema derecha. Los votos de la apretada victoria de Lagos los aportó una Izquierda que ya no está dispuesta a repetir esa operación de salvataje, porque la Concertación no se diferencia casi en nada de la derecha.
La coalición gobernante desde 1990 está muy debilitada y continúa cediendo espacios. Por ahora los ocupa la decepción pero mañana puede instalarse en ellos el populismo de derecha.
La Concertación está pagando el precio de su traición a solemnes promesas de sus programas. Esos compromisos incluían terminar con la impunidad de los crímenes de la dictadura, derogar el decreto-ley de amnistía, cambiar la Constitución de 1980 y modificar el modelo de economía de mercado que había sido duramente criticado por la Concertación cuando se preparaba para llegar al gobierno.
Una encuesta de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (mayo del 2002) deja en evidencia que las aspiraciones de la mayoría de los chilenos siguen siendo las mismas que ya expresaban en 1990. La encuesta de la Flacso señala que el 79,4% quiere un plebiscito para cambiar la Constitución. Casi el 60% pide legislar sobre el aborto. El 80% se pronuncia a favor del divorcio. El 76% opina que los servicios de energía eléctrica, agua y teléfonos deben estar en manos del Estado. Casi el 70% piensa que la influencia del empresariado determina las decisiones del gobierno y porcentajes apreciables estiman que la influencia de las fuerzas armadas y de la iglesia católica es decisiva en el comportamiento conservador y vacilante del gobierno. La reciente propuesta del presidente Lagos sobre derechos humanos, rechazada en forma unánime por los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado, deja en evidencia que se sigue gobernando con la mirada puesta en los intereses de las FF.AA., del gran empresariado y de la poderosa iglesia católica. Es su tranquilidad la que cuenta, no la voluntad de la mayoría del pueblo.
La traición a sus promesas ha minado el apoyo social de la Concertación, cuyos partidos comienzan a desmoronarse. A esto se ha sumado una cascada de denuncias de corrupción. Varios procesos judiciales afectan a ex ministros, altos funcionarios y parlamentarios. Se ha cuestionado la credibilidad del Banco Central que filtraba información privilegiada a una mafia de especuladores entre cuyos socios habían ex ministros y funcionarios. Las concesiones de obras públicas generaban comisiones para las campañas electorales. Parlamentarios gestionaban autorizaciones de servicios públicos para negocios ilícitos. Títulos financieros de la Corfo fueron robados y transados en la Bolsa, afectando fondos previsionales de trabajadores y ahorros de miles de modestas personas. También se han revelado actos de corrupción en el ejército, de pedofilia en la iglesia católica, etc. Es el corrupto pasado de 17 años de dictadura el que sigue degradando la actividad política y el servicio público. Este fenómeno prolonga un pasado que pesa en forma insoportable en el presente. No se ha logrado todavía iniciar la etapa de pleno desarrollo de las fuerzas democráticas que debía seguir a la dictadura. La transición a la democracia se atascó y hoy tenemos un régimen híbrido en que partidos democráticos defienden a brazo partido los factores políticos y económicos que caracterizaban a la dictadura militar-empresarial, salvo el terrorismo de Estado. En los hechos esta conducta viene haciendo retroceder a Chile que a paso de cangrejo va a entrar en la trampa de la derecha.
Sin embargo, hay signos de malestar e inquietud social que pueden convertirse en elementos positivos y modificar el curso de los acontecimientos. Algunos estudios como el Informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) demuestran que casi el 60% de los chilenos se sienten insatisfechos con un modelo de economía de mercado que sólo favorece a una minoría. El paro-protesta social del 13 de agosto es una señal muy clara del descontento que busca cauce y orientación. El reciente Congreso de la CUT ha declarado -¡por fin!- su rechazo al TLC con Estados Unidos.
No está escrito que Chile tenga que seguir viviendo en el pasado. Comienzan a emerger fuerzas que intentan levantar una alternativa para retomar el camino de la democratización y justicia social abandonado por la Concertación. Es una tarea difícil porque las capacidades del pueblo están muy fragmentadas y aún no surge una alternativa que sirva de horizonte. Existen más de 82 mil organizaciones sociales y aunque buena parte tiene una postura anti neoliberal y rechaza la Constitución del 80, hacen su trabajo sin coordinación en la base social y carecen de un mínimo programa común. Marchan en una misma dirección pero en forma dispersa e incoherente. De esa realidad surgió hace dos años una instancia de coordinación -la Fuerza Social y Democrática- que encabezan dirigentes de importantes gremios como profesores, obreros metalúrgicos, empleados bancarios, trabajadores de la salud, empleados fiscales, pescadores artesanales, estudiantes universitarios, pobladores, ecologistas, grupos de derechos humanos, etc. En forma silenciosa, la Fuerza Social y Democrática ha ido reagrupando sectores y echando las bases de un movimiento de activistas de variado origen ideológico y político. La FSD quiere levantar una alternativa de gobernabilidad para romper el falso dilema entre Concertación y derecha y rescatar el imperio de la soberanía popular. En el curso del año se propone convocar a un Congreso de la Alternativa Social con amplia participación de organizaciones sociales, culturales y políticas. Se trata sólo de una esperanza. Pero quizás es la esperanza que estamos necesitando para entrar en el futuro

MANUEL CABIESES DONOSO

(*) La encuesta de la Corporación Latinobarómetro demostró que en Chile el apoyo a la democracia disminuyó del 54% en 1995 al 50% el 2002. El 52% manifestó que no le importaría que un gobierno no democrático llegara al poder. Chile está muy lejos de la alta adhesión a la democracia que se manifiesta en países como Costa Rica, Uruguay, Venezuela, Argentina, México, etc.

 

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