Jorge Montealegre
El poeta del campo
de prisioneros
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Jorge Montealegre
es uno de los poetas chilenos de más notoriedad de
la llamada Generación de los 80. Tras el golpe militar
de 1973 fue encarcelado. Al interior del campo de prisioneros
de Chacabuco comenzó su carrera como poeta. Contaba
con apenas diecinueve años. En el exilio publicó
su testimonio Chacabuco (Roma, 1975). En 1979 retornó
a Chile. Su primera distinción como poeta la recibió
de sus compañeros de prisión en el Festival
de la Poesía y la Canción de Chacabuco, en
1974. Ha obtenido, entre otros, el Premio Palabras para
el Hombre, de la Agrupación Cultural Universitaria
(compartido con Sergio José González); Primer
Premio en el Concurso Nacional de Poesía Joven Pablo
y Gabriela, del diario La Tercera y la Corporación
Arrau; Premio Mila Oyarzún, otorgado por la Comisión
Chilena de Derechos Humanos. En 1989 fue distinguido con
la beca Guggenheim, que le permitió escribir Historia
del humor gráfico de Chile e impartir docencia sobre
el tema a estudiantes de periodismo y diseño gráfico. |
| Jorge Montealegre |
En esa área ha editado el libro Von Pilsener, primer
personaje de la historieta chilena y organizado diversas exposiciones,
entre ellas: Coré, el tesoro que creíamos perdido
(Dibam). Es coautor -con el fotógrafo Antonio Larrea- del
libro Rostros y rastros de un canto y ha publicado las antologías
El tren en la poesía chilena (1996) y Wurlitzer, cantantes
del recuerdo en la poesía chilena (1997). Es periodista,
guionista de humor, ha hecho estudios de cine y gerencia pública.
El año 2000 fue nombrado Jefe del Departamento de Cultura
de la Secretaría Ministerial de Educación de la
Región Metropolitana, que formará parte del Consejo
Regional de Cultura. Ha editado seis volúmenes de poesía,
entre ellos Bien común, que obtuvo el Premio Municipal
de Literatura (Santiago, 1996) y el Premio Consejo Nacional del
Libro y la Lectura a Mejores Obras Literarias. Ha sido incluido
en las principales antologías de poesía chilena
contemporánea. Próximamente publicará el
libro Frazadas del Estadio Nacional. Sobre éste y otros
temas conversó con PF.
A treinta años de su condición de preso político,
¿cómo influyó esa experiencia en su trabajo
poético?
“Comencé a escribir en el campo de prisioneros de
Chacabuco, con la experiencia del Estadio Nacional fresca en cuerpo
y alma. Mis primeros versos nacieron en una atmósfera de
solidaridad, de estímulo fraterno, que determinó
las referencias de mi escritura. La atmósfera chacabucana,
de dolor y esperanza, fue iniciática. Dejó una marca
ética más que estética. De la experiencia
con la prisión y los prisioneros quedó una mezcla
extraña de horror y ternura. El encierro, el desierto,
el cemento son parte de un imaginario que perdura y se transfigura.
El poeta que nace en cautiverio muere en cautiverio. La prisión,
como el exilio, no es un lugar que se abandona. Se lleva para
siempre. Aparece y desaparece. Nos visita y se visita”.
POESIA Y POLITICA
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LAS
casas del campo de prisioneros de Chacabuco –en el
desierto de Atacama- donde Jorge Montealegre se hizo poeta.
El Consejo de Ancianos organizaba concursos literarios y
actividades culturales. También hizo funcionar una
universidad popular. |
¿Se considera un poeta político?
“La política tiene sentido ligada al bien común
que, para mí, es un punto donde se encuentran la memoria
y la utopía. Es obviamente un punto movedizo, la actualidad
que se fuga en un skate, y es mejor encontrarle sentido a este
presente para no convertirnos en nostálgicos o soñadores
que se restan a la oportunidad de incidir en la realidad. Yo me
paro en ese puente con un discurso más vinculado a la precariedad
que al poder, tratando que la actualidad tenga sentido. Desde
ahí participo con mi poesía y como ciudadano en
el servicio público. En ese contexto, creo no haber eludido
el compromiso político, con y sin militancia partidista”.
Usted fue uno de los primeros exiliados en regresar a Chile (1979).
¿Qué recuerda de aquellos años con mayor
sentimiento?
“Empezar desde cero en un país desconocido, ocupado
por la prepotencia. Recuerdo los primeros pasos de mi hija, que
ya tiene una hija que da sus primeros pasos... Ambas nacidas lejos
de Chile. Me recuerdo buscando trabajo y relacionándome
siempre con un currículum oculto, ‘peligroso’.
La desconfianza ambiente. Las madrugadas con toque de queda, mis
trabajos y mis cesantías. La desolación cuando me
echaron del Canal 11 y ese desconcertante ‘nadie dijo nada’.
El miedo. Cierta casa donde estuvimos escondidos. En fin... recuerdo
con cariño las publicaciones clandestinas que hacíamos.
Entre ellas, algunas culturales. Al filo de los 80. Después,
la participación en la fundación del Colectivo de
Escritores Jóvenes y la edición de La Castaña;
me provocan cierta nostalgia por el instinto de asociación
y de solidaridad que había. La confianza era imprescindible”.
Su generación jugó un papel importante en la lucha
contra la tiranía desde el punto de vista cultural y político,
sobre todo desde la Unión de Escritores Jóvenes.
¿Cree que han logrado, al paso de los años, perdurar
literariamente?
“Sin duda la UEJ y luego el Colectivo de Escritores Jóvenes
aportaron al cuidado del fuego de la poesía. Fueron canales
de participación en la oposición a la dictadura
y, más allá de ese activismo, había escritores
verdaderos que estaban construyendo obra. Varios, en el tiempo,
cambiaron de género literario y de la poesía se
pasaron al teatro (Gregory Cohen) o la narrativa (Ramón
Díaz). Y trabajan seriamente. Valgan en cada caso los méritos
individuales. La lucha política y la dictadura nos dejaron
experiencias que se han transfigurado -y no- en verdadera literatura.
Estas organizaciones -la UEJ y el CEJ- no hicieron apuestas estéticas.
No es evaluable colectivamente (empezando porque no tuvimos prácticamente
una crítica propia). Sin embargo, desde una óptica
generacional más amplia y no necesariamente organizada
es significativo que en la literatura de mayor impacto actual
estén las obras de escritores que surgieron en las condiciones
más adversas y desamparadas. Pienso en Pedro Lemebel, Hernán
Rivera y Roberto Bolaño. Ellos han escrito dignamente nuestros
exilios, nuestras historias”.
Usted ha recibido varios premios. ¿Qué importancia
le asigna a los premios en el trabajo de un escritor?
“La primera vez que me premiaron fue en Chacabuco. Nunca
antes había escrito, así que fue un tremendo estímulo.
Gané un diploma -el más importante que tengo- y
un tarrito de Nescafé. Nací premiado, pero sin glamour.
La Guggenheim y el Premio Municipal de Literatura son distinciones
que reconocen un trabajo y un cierto espíritu deportivo.
He concursado sin angustia: aprovechando la oportunidad como un
momento de trabajo que me obliga a ordenar mis apuntes, hincarle
el diente a los borradores, titular, terminar lo inconcluso, profundizar
en mis investigaciones. Es un ejercicio útil para cualquier
escritor que necesita que ‘algo’ lo apure. Si además
tienes suerte, a la olla común familiar se le dibuja una
sonrisa (el pie de mi casa se pagó con la Guggenheim).
En mi caso han sido premios tranquilos, sin peleas ni estridencias,
lo que me ha mantenido en esa tranquilidad paradójicamente
envidiable que da el ser un escritor ‘ni envidioso ni envidiado’”.
POEMAS PARA CIEGOS
Además de escribir poemas usted ha realizado trabajos
periodísticos, fundado revistas, escrito sobre el humor
gráfico y coeditado libros de fotografías. ¿Cómo
hace para complementar tantas áreas, al parecer distintas?
“Imagino que esto tiene que ver con que soy un autodidacta,
un cachurero y un nostálgico. En mis trabajos hay una suerte
de reivindicación de un imaginario vinculado a la cotidianeidad,
a lo popular ciudadano, a la sensibilidad de época. Me
obsesionan las huellas que dejan en la memoria los diarios, la
radio, lo aparentemente desechable. Lo que se lleva el viento.
Por ello las historietas, el humor, la nueva canción, la
publicidad, el cine, la fotografía. También la política
y la poesía. Es la mirada de un testigo, que tiene más
afectos que teorías. Siempre me ha gustado hacer conexiones
y producir sinergia. Todo tiene que ver con todo. Todo lo creado
es vigente y puede proyectarse, es cosa de encontrar su pertinencia
y su forma. Por último, seamos democráticos con
nosotros mismos: si tenemos varios ‘yoes’, dejemos
que se expresen”.
Tengo entendido que participó en un CD para los ciegos,
donde varios poetas describían cuadros de Roberto Matta.
¿Cómo fue esa experiencia?
“La iniciativa fue de Sergio Sánchez, un amigo no
vidente. Desde el Ministerio de Educación le ayudamos a
invitar a un grupo de poetas para que, desde la poesía,
compartieran la experiencia de ver una obra de Matta con quienes
no pueden ver. Acudieron una decena de poetas, hombres y mujeres.
Se conectaron con la pintura, escribieron y luego grabaron con
sus voces los poemas para que los pudieran escuchar los ciegos.
En este desafío los escritores también eran ciegos
ante el mundo vertiginoso de Matta, quien era un cazador de lo
invisible. Cada poeta ‘tradujo’ -más que describir-
las sensaciones y los sueños que dejó el artista.
Todo esto quedó grabado en el CD, para comunicarlo al oído
de videntes o no videntes, porque todos en cierto sentido somos
ciegos y todos podemos ver los sueños que vale la pena
ver”.
SIEMPRE MAS DEMOCRACIA
Pasando a otro tema, entre los escritores y artistas hay bastantes
críticas a la “institucionalidad cultural”
planteada por la Concertación. ¿Qué opinión
le merecen estos juicios?
“Sería frustrante que una iniciativa de este tipo
no llamara al debate ni tuviera críticas. Ya pasó
el oscurantismo trágico y la sociedad civil debe ‘darse
permiso’ para discutir con luz natural. Todavía hay
autocensura y una manera oblicua de polemizar. Entiendo la sensación
de que la institucionalidad cultural ha sido poco debatida. Tras
ella, sin embargo, -además de la iniciativa política,
en la que siempre estuvo el presidente Lagos- estuvieron las principales
organizaciones culturales, con su inteligencia, creatividad y
movilización. Legislar en este campo era un antiguo anhelo
que se consiguió con muchos tropiezos. Por supuesto, estas
leyes -porque hay que potenciar varias- pudieron ser más
discutidas y seguramente faltaron iniciativas tanto del Estado
como de la sociedad civil para ello. Sin embargo, ya existe un
cuerpo legal que hoy debemos poner en marcha con el fin de crear
condiciones para el desarrollo de una cultura democrática,
que se expresa en el arte, el patrimonio y el ejercicio de la
ciudadanía cultural. Obviamente no basta la ley. La nueva
institucionalidad no es para la Concertación u otro sector:
es para que el Estado cumpla con el deber de asegurar la participación
de la ciudadanía en la vida cultural del país. Es
un desafío y una oportunidad, especialmente para las organizaciones
de este ámbito porque, -además de los recursos con
que cuente y la política que impulse el Consejo Nacional
de la Cultura- la participación activa de los gestores
culturales y la comunidad en general será clave para su
éxito”.
En septiembre se cumplirán treinta años del golpe
de Estado.¿Cuál es su reflexión en cuanto
a la memoria y futuro de Chile? ¿Cuál sería,
según usted, la posible relación entre estos dos
conceptos?
“La memoria y el futuro alimentan, a mi juicio, un proyecto
colectivo de convivencia que se desarrolle en democratización
permanente, creciente, ininterrumpida; en la creación cotidiana
de una cultura inspirada en la ética del respeto a los
derechos humanos. Al nunca más, referido al terrorismo
de Estado, hay que agregar una consigna positiva: siempre más...
democracia”.
Respecto a su nuevo libro “Frazadas del Estadio Nacional”,
Armando Uribe dice que “nos hace encontrarnos con la persona
viva de su autor, madurando en su juventud a palos y transformándolos
en frutos”. ¿Cuáles serían esos frutos?
“En la orfandad, el Estadio Nacional o el exilio pudo hundirme,
pero crecí y he tenido el privilegio de poder contar lo
que otros no pueden o no tuvieron la oportunidad de hacer. Trato
de expresarlo con cierta dignidad porque la memoria es un fruto
para ser compartido”
ALEJANDRO LAVQUEN