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Edición 551
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Venezuela
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Andalucía quiere ser
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Otro Chile
LA ESPERANZA EN OTRO CHILE
Víctor Barrueto, presidente del PPD:
“No habrá cuarto gobierno
de la Concertación”
Balance autocrítico
Balance autocrítico de mi militancia revolucionaria
Detenidas desaparecidas
Detenidas desaparecidas que estaban embarazadas
Jorge Montealegre
El poeta del campo
de prisioneros
pasado nuestro
El pasado nuestro
de cada día

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ESPERANZA EN OTRO CHILE

El próximo 11 de septiembre se cumplen 30 años del golpe militar que terminó con la democracia en Chile el año 1973. El país enfrenta el recuerdo de esa fecha con sus heridas aún abiertas, pese a los esfuerzos de algunos por distorsionar la historia, al consenso entre los que desean olvidar el pasado para administrar el sistema económico imperante, y a la injusticia que aún protege a los responsables de los crímenes que se cometieron durante la dictadura de Pinochet y los suyos. Recordar los 30 años del golpe militar que terminó con el gobierno de Salvador Allende es hacer memoria de la etapa más oscura de la historia chilena, y también, inevitablemente, hablar de las vivencias personales y de las de muchos chilenos que vieron sus existencias marcadas por el fin de un gobierno democrático y el inicio de una dictadura cuyos efectos se padecen hasta el día de hoy.
El 11 de septiembre de 1973, yo era un adolescente que, como otros jóvenes de mi generación, me sentía parte de los cambios políticos que experimentaba el país. Nadie podía quedar al margen de la fiesta popular. Nuestro acercamiento al quehacer político nació bajo la inspiración de Salvador Allende, cuyo ideario fue el imán que nos atrajo hacia el proyecto de construir el socialismo en Chile. Sus tres años de gobierno, fueron un tiempo en el que soñamos construir un país distinto, sin los desequilibrios sociales ni las injusticias que conocíamos a diario. El pensamiento de Allende nos instaba a sumar la rebeldía juvenil a los cambios que era necesario generar, y en sus palabras, dichas al iniciar su gobierno, había un llamado motivador: “Miles y miles de jóvenes reclamaron un lugar en la lucha social. Ya lo tienen. Ha llegado el momento de que todos los jóvenes se incorporen (...). Sigan los mejores ejemplos. Los de aquellos que lo dejan todo por construir un futuro mejor”. Palabras como esas inspiraron a muchos adolescentes y más tarde, con el horror grabado en la mirada nos convocaron a resistir, mientras la imagen de La Moneda bombardeada comenzaba a recorrer el mundo.
Fue durante el gobierno de Allende cuando escribí mis primeros textos, y sobre todo, viví la efervescencia cultural que caracterizó a la Unidad Popular. Chile era un país culturalmente activo, bullente y las expresiones artísticas estaban al alcance de la gente. Veíamos lo mejor del cine mundial, nos visitaban escritores de la talla de Julio Cortázar y Ernesto Cardenal, seguíamos las colecciones de libros publicadas por la Editorial Quimantú que ponían la literatura al alcance del pueblo, celebrábamos a Pablo Neruda, nuestro segundo Premio Nobel de Literatura. Se respiraban aires libertarios para las expresiones artísticas, y mis aspiraciones literarias, y las de otros amigos, estaban unidas a esos aires, al deseo de escribir y de expresar a través de cuentos y poemas nuestra adhesión al nuevo tiempo. Pensábamos que el futuro iba a ser muy distinto al que después nos correspondió vivir, y por eso, junto al desarrollo de las inquietudes literarias, participábamos en la lucha política que impulsaba las transformaciones sociales.
Después todo cambió de manera dramática. Después del 11 de septiembre de 1973 nuestro hábitat fue la violencia. Vivimos una dictadura que, desde sus primeras manifestaciones declaró la guerra a la cultura. Quema de libros, cierre de revistas e editoriales, exilio de escritores, fueron la pauta inicial que nos indicó la posición de los golpistas respecto a la cultura. Vino la censura y el miedo como instrumentos para acallar las ideas libertarias. La mayoría de los autores chilenos se vieron impedidos de publicar sus obras y cuando lo hicieron, ellas debieron circular por canales marginales, cuando no clandestinos. Fueron años duros de vivir y escribir, pero la inmensa mayoría de los escritores se sintieron comprometidos con las luchas de ese tiempo. Surgen talleres y colectivos de escritores, se imprimen revistas artesanales que circulan marginalmente. Se organizan lecturas y pequeños encuentros. Se sobrevive a la dictadura, y con el inicio de la década de los ochenta, las iniciativas en el campo literario y cultural crecen, constituyéndose en un elemento importante en lo que fue la recuperación democrática a comienzos de los años noventa.
Lo anterior son recuerdos limitados al ámbito cultural y literario, porque en sus aspectos más generales, y en tanto sujetos que “nunca salimos del horroroso Chile” (verso del poeta Enrique Lihn), vivimos de cerca la persecución, las torturas y desapariciones de personas; la complicidad de jueces y medios de comunicación, el exilio, la prisión y relegación de muchos compañeros. Recuerdo, entre otros, al joven poeta Aristóteles España, recluido en el campo de prisioneros de la Isla Dawson, con sólo 17 años de edad; y a Recaredo Ignacio Valenzuela, joven rodriguista asesinado en la calle por las balas pinochetistas, y con quien compartimos un taller literario en la Facultad de Economía y Administración de la Universidad de Chile. Los 30 años transcurridos desde el golpe militar representan dos tercios de mi vida y desde luego, el quiebre de sueños personales y colectivos. No fue fácil vivir en un país cercado, desconfiando de las sombras, temeroso de las sirenas que aullaban en las noches y podían significar que alguien había caído en las manos de la policía secreta. De estas cosas no se habla mucho hoy en día, y a menudo hay que explicar a la gente más joven lo que significaba vivir en una ciudad limitada por el toque de queda, leyendo las memorias de Neruda de forma clandestina, escuchando Radio Moscú por las noches para saber lo que ocurría en el país y no aparecía en los diarios, absolutamente entregados a las imposiciones de la dictadura. Como otros jóvenes, tuve que crecer respirando las arbitrariedades de la época, conviviendo con el miedo, viendo como día a día se incrementaba la lista de los detenidos desaparecidos, conservando el amor a la libertad mientras la injusticia y la muerte jugaban sus cartas más siniestras. Como otros jóvenes, nos comprometimos en la lucha contra la dictadura y mientras gritábamos en las calles o imprimíamos panfletos clandestinos, aprendíamos a amar, a reconstruir nuestros sueños de las cenizas, y a sumar fuerzas contra el tirano.
Hoy, a 30 años del golpe militar, continuamos siendo un país que lucha por recobrar su plena democracia. Un país atado a su pasado, que se niega a asumir la verdad, que se miente a sí mismo, porque detrás de supuestos éxitos económicos está la realidad de un país que tiene una de las peores distribuciones de ingresos en todo el mundo, con su secuela de miseria y falta de oportunidades. La dictadura sigue presente en muchos aspectos de la vida cotidiana. En los medios de comunicación controlados por los herederos de Pinochet; en un sistema electoral discriminatorio, en una Constitución política moldeada al antojo de la dictadura, y en la aplicación estricta de un modelo económico neoliberal impuesto por la dictadura, y que hoy sigue siendo administrado de espalda a las reales necesidades de la gente. Un modelo que basa su “éxito” en la explotación indiscriminada de los recursos naturales, bajos sueldos para los trabajadores y garantías ilimitadas para los empresarios. Un modelo que se requiebra frente a las necesidades de trabajo, salud y educación de las personas, y que significa la imposición de una ideología única, que no tiene otro norte que establecer un modelo de vida chato, conformista, acrítico, excluyente.
Chile necesita reencontrarse con el pensamiento humanista y revolucionario de Salvador Allende. Hasta 1973, vivíamos en un país modesto, pero, sin duda, más solidario, y más consciente de la importancia de la justicia social y del desarrollo cultural a través de la educación, la literatura, las artes. Hoy olvidamos nuestra historia, promovemos la amnesia colectiva y nos ufanamos de la riqueza que se cosecha sobre un campo de ignorancia y banalidad. Olvidamos ese pasado en el que valiosas conquistas sociales se lograron bajo el influjo de líderes políticos, entre los cuales Allende tiene un lugar primordial, pese a que hoy su obra se distorsiona y su pensamiento se olvida, incluso por los que en otra época decían compartir su proyecto. El pensamiento de Allende sigue vigente, en todo lo que se relaciona con la profundización de la democracia; con la resistencia que es preciso oponer a la “certeza incuestionable” que predica el neoliberalismo.
Tiempo atrás, mi hijo que está entrando a la adolescencia y suele andar con una mochila cargada de interrogantes, me hacía una serie de preguntas que podían traducirse en una sola gran inquietud: ¿Hay algo en lo que se puede seguir creyendo, un sueño del que valga la pena apropiarse y luchar por hacerlo realidad? Es la pregunta que hoy se hacen muchos jóvenes chilenos, tal vez sin el trasfondo ideológico que acompañó a sus padres en las décadas de los años sesenta y setenta, pero con la rebeldía a flor de piel, latente y vigorosa frente a un mundo que reconocen injusto y carente de oportunidades, estructurado de un modo que no pretende resolver las desigualdades, sino que por el contrario perpetuarlas e incrementarlas para beneficio de unos pocos. Cuando busqué una respuesta para mi hijo, recordé algunas palabras de García Márquez que bien sirven para resumir lo que han sido los últimos treinta años de la historia chilena: “En este mundo existió la vida, prevaleció el sufrimiento y reinó la injusticia, pero también fuimos capaces de creer en el amor y hasta imaginar la felicidad”. También pensé en un cuento de Osvaldo Soriano -El Negro de París- donde el niño protagonista reflexiona: “Poco a poco, mi papá me fue contando una historia larga de desalientos y utopía y me decía que yo debía heredar, sobre todo, la esperanza”. Sin duda, hay un Chile que construir en este nuevo siglo. Otro mundo es posible, sin los errores del pasado ni la desigualdad del presente. Esperanza es lo que no debe faltar. Esperanza para reconstruir los sueños

RAMON DIAZ ETEROVIC
(Publicado en "Punto Final" , edición Nº 551, del 29 de agosto, 2003)

 

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