LA ESPERANZA EN OTRO CHILE
El próximo 11 de septiembre se cumplen 30 años
del golpe militar que terminó con la democracia en Chile
el año 1973. El país enfrenta el recuerdo de esa
fecha con sus heridas aún abiertas, pese a los esfuerzos
de algunos por distorsionar la historia, al consenso entre los
que desean olvidar el pasado para administrar el sistema económico
imperante, y a la injusticia que aún protege a los responsables
de los crímenes que se cometieron durante la dictadura
de Pinochet y los suyos. Recordar los 30 años del golpe
militar que terminó con el gobierno de Salvador Allende
es hacer memoria de la etapa más oscura de la historia
chilena, y también, inevitablemente, hablar de las vivencias
personales y de las de muchos chilenos que vieron sus existencias
marcadas por el fin de un gobierno democrático y el inicio
de una dictadura cuyos efectos se padecen hasta el día
de hoy.
El 11 de septiembre de 1973, yo era un adolescente que, como otros
jóvenes de mi generación, me sentía parte
de los cambios políticos que experimentaba el país.
Nadie podía quedar al margen de la fiesta popular. Nuestro
acercamiento al quehacer político nació bajo la
inspiración de Salvador Allende, cuyo ideario fue el imán
que nos atrajo hacia el proyecto de construir el socialismo en
Chile. Sus tres años de gobierno, fueron un tiempo en el
que soñamos construir un país distinto, sin los
desequilibrios sociales ni las injusticias que conocíamos
a diario. El pensamiento de Allende nos instaba a sumar la rebeldía
juvenil a los cambios que era necesario generar, y en sus palabras,
dichas al iniciar su gobierno, había un llamado motivador:
“Miles y miles de jóvenes reclamaron un lugar en
la lucha social. Ya lo tienen. Ha llegado el momento de que todos
los jóvenes se incorporen (...). Sigan los mejores ejemplos.
Los de aquellos que lo dejan todo por construir un futuro mejor”.
Palabras como esas inspiraron a muchos adolescentes y más
tarde, con el horror grabado en la mirada nos convocaron a resistir,
mientras la imagen de La Moneda bombardeada comenzaba a recorrer
el mundo.
Fue durante el gobierno de Allende cuando escribí mis primeros
textos, y sobre todo, viví la efervescencia cultural que
caracterizó a la Unidad Popular. Chile era un país
culturalmente activo, bullente y las expresiones artísticas
estaban al alcance de la gente. Veíamos lo mejor del cine
mundial, nos visitaban escritores de la talla de Julio Cortázar
y Ernesto Cardenal, seguíamos las colecciones de libros
publicadas por la Editorial Quimantú que ponían
la literatura al alcance del pueblo, celebrábamos a Pablo
Neruda, nuestro segundo Premio Nobel de Literatura. Se respiraban
aires libertarios para las expresiones artísticas, y mis
aspiraciones literarias, y las de otros amigos, estaban unidas
a esos aires, al deseo de escribir y de expresar a través
de cuentos y poemas nuestra adhesión al nuevo tiempo. Pensábamos
que el futuro iba a ser muy distinto al que después nos
correspondió vivir, y por eso, junto al desarrollo de las
inquietudes literarias, participábamos en la lucha política
que impulsaba las transformaciones sociales.
Después todo cambió de manera dramática.
Después del 11 de septiembre de 1973 nuestro hábitat
fue la violencia. Vivimos una dictadura que, desde sus primeras
manifestaciones declaró la guerra a la cultura. Quema de
libros, cierre de revistas e editoriales, exilio de escritores,
fueron la pauta inicial que nos indicó la posición
de los golpistas respecto a la cultura. Vino la censura y el miedo
como instrumentos para acallar las ideas libertarias. La mayoría
de los autores chilenos se vieron impedidos de publicar sus obras
y cuando lo hicieron, ellas debieron circular por canales marginales,
cuando no clandestinos. Fueron años duros de vivir y escribir,
pero la inmensa mayoría de los escritores se sintieron
comprometidos con las luchas de ese tiempo. Surgen talleres y
colectivos de escritores, se imprimen revistas artesanales que
circulan marginalmente. Se organizan lecturas y pequeños
encuentros. Se sobrevive a la dictadura, y con el inicio de la
década de los ochenta, las iniciativas en el campo literario
y cultural crecen, constituyéndose en un elemento importante
en lo que fue la recuperación democrática a comienzos
de los años noventa.
Lo anterior son recuerdos limitados al ámbito cultural
y literario, porque en sus aspectos más generales, y en
tanto sujetos que “nunca salimos del horroroso Chile”
(verso del poeta Enrique Lihn), vivimos de cerca la persecución,
las torturas y desapariciones de personas; la complicidad de jueces
y medios de comunicación, el exilio, la prisión
y relegación de muchos compañeros. Recuerdo, entre
otros, al joven poeta Aristóteles España, recluido
en el campo de prisioneros de la Isla Dawson, con sólo
17 años de edad; y a Recaredo Ignacio Valenzuela, joven
rodriguista asesinado en la calle por las balas pinochetistas,
y con quien compartimos un taller literario en la Facultad de
Economía y Administración de la Universidad de Chile.
Los 30 años transcurridos desde el golpe militar representan
dos tercios de mi vida y desde luego, el quiebre de sueños
personales y colectivos. No fue fácil vivir en un país
cercado, desconfiando de las sombras, temeroso de las sirenas
que aullaban en las noches y podían significar que alguien
había caído en las manos de la policía secreta.
De estas cosas no se habla mucho hoy en día, y a menudo
hay que explicar a la gente más joven lo que significaba
vivir en una ciudad limitada por el toque de queda, leyendo las
memorias de Neruda de forma clandestina, escuchando Radio Moscú
por las noches para saber lo que ocurría en el país
y no aparecía en los diarios, absolutamente entregados
a las imposiciones de la dictadura. Como otros jóvenes,
tuve que crecer respirando las arbitrariedades de la época,
conviviendo con el miedo, viendo como día a día
se incrementaba la lista de los detenidos desaparecidos, conservando
el amor a la libertad mientras la injusticia y la muerte jugaban
sus cartas más siniestras. Como otros jóvenes, nos
comprometimos en la lucha contra la dictadura y mientras gritábamos
en las calles o imprimíamos panfletos clandestinos, aprendíamos
a amar, a reconstruir nuestros sueños de las cenizas, y
a sumar fuerzas contra el tirano.
Hoy, a 30 años del golpe militar, continuamos siendo un
país que lucha por recobrar su plena democracia. Un país
atado a su pasado, que se niega a asumir la verdad, que se miente
a sí mismo, porque detrás de supuestos éxitos
económicos está la realidad de un país que
tiene una de las peores distribuciones de ingresos en todo el
mundo, con su secuela de miseria y falta de oportunidades. La
dictadura sigue presente en muchos aspectos de la vida cotidiana.
En los medios de comunicación controlados por los herederos
de Pinochet; en un sistema electoral discriminatorio, en una Constitución
política moldeada al antojo de la dictadura, y en la aplicación
estricta de un modelo económico neoliberal impuesto por
la dictadura, y que hoy sigue siendo administrado de espalda a
las reales necesidades de la gente. Un modelo que basa su “éxito”
en la explotación indiscriminada de los recursos naturales,
bajos sueldos para los trabajadores y garantías ilimitadas
para los empresarios. Un modelo que se requiebra frente a las
necesidades de trabajo, salud y educación de las personas,
y que significa la imposición de una ideología única,
que no tiene otro norte que establecer un modelo de vida chato,
conformista, acrítico, excluyente.
Chile necesita reencontrarse con el pensamiento humanista y revolucionario
de Salvador Allende. Hasta 1973, vivíamos en un país
modesto, pero, sin duda, más solidario, y más consciente
de la importancia de la justicia social y del desarrollo cultural
a través de la educación, la literatura, las artes.
Hoy olvidamos nuestra historia, promovemos la amnesia colectiva
y nos ufanamos de la riqueza que se cosecha sobre un campo de
ignorancia y banalidad. Olvidamos ese pasado en el que valiosas
conquistas sociales se lograron bajo el influjo de líderes
políticos, entre los cuales Allende tiene un lugar primordial,
pese a que hoy su obra se distorsiona y su pensamiento se olvida,
incluso por los que en otra época decían compartir
su proyecto. El pensamiento de Allende sigue vigente, en todo
lo que se relaciona con la profundización de la democracia;
con la resistencia que es preciso oponer a la “certeza incuestionable”
que predica el neoliberalismo.
Tiempo atrás, mi hijo que está entrando a la adolescencia
y suele andar con una mochila cargada de interrogantes, me hacía
una serie de preguntas que podían traducirse en una sola
gran inquietud: ¿Hay algo en lo que se puede seguir creyendo,
un sueño del que valga la pena apropiarse y luchar por
hacerlo realidad? Es la pregunta que hoy se hacen muchos jóvenes
chilenos, tal vez sin el trasfondo ideológico que acompañó
a sus padres en las décadas de los años sesenta
y setenta, pero con la rebeldía a flor de piel, latente
y vigorosa frente a un mundo que reconocen injusto y carente de
oportunidades, estructurado de un modo que no pretende resolver
las desigualdades, sino que por el contrario perpetuarlas e incrementarlas
para beneficio de unos pocos. Cuando busqué una respuesta
para mi hijo, recordé algunas palabras de García
Márquez que bien sirven para resumir lo que han sido los
últimos treinta años de la historia chilena: “En
este mundo existió la vida, prevaleció el sufrimiento
y reinó la injusticia, pero también fuimos capaces
de creer en el amor y hasta imaginar la felicidad”. También
pensé en un cuento de Osvaldo Soriano -El Negro de París-
donde el niño protagonista reflexiona: “Poco a poco,
mi papá me fue contando una historia larga de desalientos
y utopía y me decía que yo debía heredar,
sobre todo, la esperanza”. Sin duda, hay un Chile que construir
en este nuevo siglo. Otro mundo es posible, sin los errores del
pasado ni la desigualdad del presente. Esperanza es lo que no
debe faltar. Esperanza para reconstruir los sueños
RAMON DIAZ ETEROVIC
(Publicado en "Punto Final" , edición Nº
551, del 29 de agosto, 2003)